09-Marzo-2008 | Mayra Montero

Antes que llegue el lunes


Universidad

Una profesora amiga, que no es retrógrada ni intolerante, sino más bien todo lo contrario, se vio precisada hace poco a sacar de su clase a tres o cuatro alumnos que levantaban un gran desorden. Hablamos de uno de los recintos de la Universidad de Puerto Rico. Mientras ella daba la clase aquellos manganzones se reían, conversaban entre sí, alzaban la voz, empujaban las sillas y en general se comportaban como alumnos de kinder, con el agravante de que tienen mayor estatura, voces roncas y pelos en la barba. No le quedó a la profesora otro remedio que ordenarles que salieran del salón para que el resto de los estudiantes, que sí estaban interesados en la clase, pudiera concentrarse en ella.


Como no están acostumbrados a que los disciplinen, porque no se han habituado a eso ni en sus propias casas, los estudiantes expulsados acudieron a la oficina del Decano, donde fueron rápidamente atendidos. A la profesora la llamaron poco después para preguntarle los detalles del caso y “sugerirle” que en lo sucesivo no fuese tan severa. Más aún, le encarecieron que no incluyera en el examen las materias ofrecidas en ausencia de aquel puñado de necios. Nótese hasta dónde pueden llegar los extremos de mansedumbre y condescendencia, es decir, esa íntima vocación por añoñar a los que no se lo merecen. La Universidad es un centro educativo superior, donde la gente va a formarse en una profesión. Se supone que, llegados allí, los estudiantes cuenten con destrezas elementales de conducta, esa cosa que mi abuela llamaba urbanidad. Pero no es así, y a muchos de ellos no les importa perder el tiempo.


Luego traté de averiguar si este episodio era un hecho aislado y resulta que la mayoría de los profesores se queja exactamente de lo mismo: la holgazanería de unos muchachos que acuden a la Universidad sin ningún interés por terminar una carrera y seguir adelante. Coinciden en que muchos de ellos se matriculan para cobrar una beca, se dan de baja cuando les conviene y se convierten en auténticos lastres para el sistema. Un profesor se lamentó de que, en pleno salón, mientras él daba la clase, una pareja se manoseaba intensamente. Y en general comentan que un buen número de alumnos llega arrastrándose al salón, medio se acuestan a escuchar la clase (si es que la escuchan), dormitan, se encogen de hombros cuando se les hace una pregunta, o miran fijamente al profesor sin contestar, esa forma jaquetona de decir que no lo saben y qué.


Invierten largos años en terminar un bachillerato, carecen de grandes sueños profesionales ni mucho menos tienen lo que antiguamente entendíamos por compromiso. Así, parece que el país deberá prepararse para acunar a una generación de plastas que han hecho de la impunidad su religión y que lo han recibido casi todo a cambio de nada. Y digo casi todo, porque no hay lección de vida. Los que se fajan, los que tienen verdadero interés, a menudo buscan la forma de irse a estudiar fuera de aquí.


Para los profesores, más frustrante que tener que lidiar con estudiantes de esa catadura es el hecho de no sentirse respaldados; que se les cuestione cuando toman medidas disciplinarias y se les pida que sean más suavecitos. Incluso para los de las universidades privadas parece ser peor: en algunas de ellas se salta el principio de la libertad de cátedra cuando se les sugiere a los profesores que sean menos rigurosos con las notas.


La mayoría de esos profesores crecieron y se educaron bajo otro concepto de lo que era un salón de clases. Para empezar, había orgullo de haber llegado a la Universidad, de haber podido acceder a un lugarcito entre aquellas paredes. Hoy día, no son muchos los que tienen esa sensación de haber llegado lejos y conquistado algo importante. Un buen número de estudiantes arrastra severas lagunas académicas y de actitud, pues ya vienen moldeados desde las escuelas, públicas o privadas. En clases, no solamente usan el celular, o se levantan y salen del salón sin pedir permiso, sino que abren la laptop y se ponen a chatear o a jugar cartas. La supuesta coartada es que utilizan la computadora para tomar notas, aunque los profesores saben de sobra que no es cierto. Sin embargo, ni les llaman la atención ni les piden que abandonen la clase. Los profesores simplemente miran para otro lado, deciden ignorar el espectáculo y seguir hablando para los que escuchan, sólo para un grupito, mientras empiezan a soñar con la jubilación.
 No es un panorama muy edificante, pero es el que me han contado, con gran sinceridad, varios profesores. Como es un fenómeno relativamente nuevo, supongo que todavía no ha habido oportunidad de evaluar cómo salen finalmente esas criaturas; si tienen o no dificultades para integrarse al mercado laboral, donde les van a exigir una conducta y donde no habrá ninguna autoridad universitaria que les saque las castañas del fuego. Es un enigma cuyos resultados se empezarán a ver muy pronto. Tomemos asiento.


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