¿Le cabía alguna duda a nadie, a los policías que tantas veces lo pararon, de que García tarde o temprano iba a acabar con una vida? Tronchó una existencia, y ni siquiera debe estar muy perplejo
Al principio de este mes, el miércoles 3 de junio para ser exactos, la policía paró en la carretera a un sujeto llamado Angel García y le propinó tres o cuatro boletos que se merecía. Entre otras cosas, el hombre iba a exceso de velocidad; conducía por el paseo de emergencia, y para colmo su licencia había vencido años atrás.
Todas eran infracciones suficientemente graves como para bajarlo allí mismo, confiscarle el carro y obligarlo a coger unos cursos antes de darle la licencia nueva; es decir, enseñarle cosas elementales con respecto a la conducción de vehículos de motor, y, si posible, cosas elementales con respecto a la convivencia humana. Pero, por lo que parece, no hay ley que lo disponga así.
El domingo 7, apenas cuatro días después de este incidente, el tal García fue detenido de nuevo por la policía. Seguía sin licencia -¿no era el momento, otra vez, de bajarlo del maldito carro e impedirle conducir por buen tiempo?-, pero es que además iba cambiando de carril como un desaforado, a más de 100 millas por hora.
Cogió los boletos y se largó de allí, pensando en otra cosa, o pensando en nada; si pensara no estaríamos hablando de él.
Transcurrió entonces una breve semana. Sospechamos que, durante esos días, García siguió haciendo lo que le dio la gana, aunque nadie volvió a pararlo: no hay constancia de nuevos encuentros suyos con la policía. Eso sí, los boletos de tránsito que ya le habían dado se amontonaban en el vehículo, lo que nos da una idea de la efectividad que tiene expedir boletos una y otra vez por los mismos motivos. Si la policía no puede simplemente apartar de la carretera a un sujeto que es un peligro público, ¿en qué situación nos encontramos respecto a tantos otros aspectos que conciernen a la violencia y la gobernabilidad del país?
El pasado miércoles 10 de junio, Angel García volvió a hacer de las suyas. Cogió el paseo de emergencia (de Bayamón hacia Arecibo), y lo hizo de lo más tranquilo, convencido de que, si volvían a detenerlo, le darían otros tres o cuatro boletos que irían a hacerles compañía a los que ya volaban como pétalos dentro de su Mitsubishi Lancer. Por supuesto que, además de circular por el paseo, llevaba una velocidad de todos los demonios.
Fue así que mató a un hombre. Era un motociclista de 44 años que, al momento de cerrar los ojos, no sabía -ni ya nunca sabrá- que por el lugar donde él viró, y por el que suponía que no iba a venir nadie, avanzaba el descerebrado que colecciona boletos y que lo golpeó con tal fuerza que lo desmembró. Creo que García no había bebido alcohol, su única borrachera era la estupidez.
No sé qué es lo que sigue ahora; ni tampoco sé si García, quien presumiblemente salió ileso del choque, está en la calle. Y el problema es que uno puede predecir que en muy poquito tiempo, un año o tal vez menos, volverá a subir a un carro, el de siempre u otro, empezará a coleccionar boletos y se desmandará por el paseo de emergencia. Lo que ha hecho bastaría para meterlo en la cárcel por algunos años y retirarle la licencia de por vida, pero es que el tipo se ha permitido manejar sin licencia durante mucho tiempo y nada le pasó. Nada alteró su rutina, no hubo una consecuencia seria. Hasta ahora, claro, que mató a un hombre -pudo haber matado a diez- y seguramente se declarará insolvente para enfrentar los daños que ha causado.
La familia del motociclista debe estar consciente de que a su ser querido no lo mató solamente el descocado que lo atropelló, sino que lo mató un sistema que permite que esos individuos reincidan, vuelvan a reincidir, se hagan los remolones, se muden, se declaren en quiebra, o recurran a cualquier otro subterfugio. Son lagartijos sin ley, y han descubierto la manera de manejar en la jungla sin pagar un centavo, sin cumplir con nadie ni con nada.
Basta que en un expreso se organice un poco de tapón -como era el caso del expreso De Diego, el lunes pasado, cerca del mediodía- para que unos cuantos conductores, con el mismo desdén hacia las leyes, se precipiten por el paseo de emergencia y luego se cuelen en la fila general. La policía, que podría tener allí un simple agente para cortarles el paso y darles una buena multa, no aparece. Y si aparece, luego a la ley le faltan garras para cobrar los boletos y procesar a los infractores. La prevención es nula, pero lo peor es ese sentido de anarquía que se respira en las principales carreteras.
¿Le cabía alguna duda a nadie, a los policías que tantas veces lo pararon, de que García tarde o temprano iba a acabar con una vida, y que probablemente no sería la suya? Tronchó una existencia, y ni siquiera debe estar muy perplejo. Apuesto a que come, eructa, ve la televisión y sueña con el día en que volverá a coger el carro. No lo he visto nunca, pero me parece verlo.