Aunque el basquétbol se juega con calzones cortos, y normalmente por hombres grandes, Puerto Rico se puso sus pantalones largos en el concierto internacional en 1959, gracias, más que todo, a la decisión sabia y valiente del abogado Guigo Otero Suro, entonces presidente del Circuito de Baloncesto, de participar en el Mundial de Chile, aceptando una invitación de Williams Jones, mandamás de FIBA entre 1932 y 1976.
Resulta que en enero de ese año, el Equipo Nacional, con el inmortal Pachín Vicens como referente, estaba jugando en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Caracas, que habían sido aplazados en diciembre de 1958 por haber coincidido con las elecciones generales de Venezuela, que, de hecho, fueron ganadas por Rómulo Betancourt; pero Guigo, hombre de mucho temple y visionario, optó por dividir el Seleccionado, enviando al suelo chileno, entre otros, a Pachín, Evelio Droz, Martín Jiménez, Toño Morales y Totin Cestero, a quienes se unieron de inmediato, Salvador Dijols, Pepito Ruaño y Johnny Rodríguez, que se encontraban por acá.
Allá, luchando contra viento y marea, los puertorriqueños se agenciaron la quinta posición en un torneo accidentado por los bombazos politicos de la Unión Soviética y Bulgaria, que se negaron a enfrentarse a Formosa, separada de China desde 1949 y optando por llamarse Taiwán.
Sin embargo, con su maestría pasadora y su ofensiva tórrida, el pequeñín Pachín fue escogido como el Jugador Más Valioso, opacando un poco el oro de Brasil, que había perdido con los soviéticos, 66-71, y que quedaron finalmente cuartos, detrás de Estados Unidos y Chile, que también había ganado bronce en la primera edición de Mundobasket en 1950.
Ayer, mientras cotejaba muchos de estos datos con el colega e historiador deportivo, Carlos Uriarte, comprendimos mejor la importancia del paso dado por Guigo, ya que comoquiera se obtuvo la presea de plata en la justa caraqueña y eventualmente se consiguió el mismo metal en los Panamericanos de Chicago, en donde Johnny Báez, apodado ‘‘El Indio”, fue el rey de anotaciones, refrendando así su grandeza con el club Real Madrid, en España, y manteniéndose aún como una leyenda extranjera de sus tabloncillos.
Obviamente, Jones fue el detonante, premiando a Borinquen por haber montado exitosamente una Serie del Caribe, meses atrás, coronándose Ponce ante San Juan y equipos de Panamá y México.
Repetimos, pues, que 1959 fue el trampolín para que el coquí-con-tenis saltara a la fama universal…