Como si se tratara de una muerte anunciada por tantos y continuos bamboleos anímicos debido a su adicción bestial a la cocaína, pero cumpliendo primeramente una promesa vieja de honrar a Roberto Clemente, quien ofrendó su vida por Nicaragua días después del terremoto de diciembre de 1972, mi amigo Alexis Argüello, que tantos degüellos logró como tricampeón mundial, acaba de suicidarse de un disparo, partiéndose el corazón mientras era alcalde de Managua desde enero de este año, que era el 57 de su existencia gloriosa deportivamente y muy azarosa en ropa de civil.
Hippie con sólo 15 primaveras, integrándose a una comuna en Canadá en su afán rebelde de vivir por la libre, fumando marihuana sin ocultarse, aunque ya estaba boxeando en el terreno amateur, ‘El Flaco Explosivo’, bautizado así por el colega Edgar Tijerino Mantilla, de fina y venenosa escritura, pudo triunfar en los setenta y los ochenta, décadas en que sobraba la calidad en las divisiones de las 126, 130, 135 y 140 libras; pero fracasando dos veces en la junior welter ésta con el portentoso estadounidense Aaron Pryor, que le recetó KO en 14 y 10 asaltos, respectivamente, y quien sí pudo vencer su apegamiento encendido con el crack mediante su fe ciega en la religión evangélica.
Sin embargo, el amor de Alexis por Puerto Rico se inició de una manera rara y tormentosa, ya que tuvo que enfrentarse con Alfredo Escalera, en Bayamón, el 28 de enero de 1978, para arrebatarle en 13 asaltos el cetro superpluma del CMB, que había defendido en diez ocasiones a sangre y fuego; y refrendarlo nuevamente por la misma vía del sufrimiento y en idéntico episodio, en febrero de 1979, en Riminí, Italia, pero saliendo tan machacado que necesitó una operación de cirugía plástica en sus ojos con premura.
‘El Duelo al Atardecer’, en una producción sabatina y vespertina de Don King que fue ofrecida en directo por ABC, pero con la licencia de promotor del ex pelotero Pantalones Santiago, ha sido conceptuado como una de las diez peleas titulares más brutales de la historia, con un estadio Juan Ramón Loubriel lleno hasta el techo y una pertinaz llovizna que no pudo evitar que los aficionados del ringside se mantuvieran de pie durante los 38 minutos y 36 segundos de duración; teniendo el referí neoyorquino Arthur Mercante que sentenciar la derrota de ‘El Salsero’ por sus cortaduras, incluso una que le partió en dos el labio superior; y pese a que tenía en su rincón al cirujano Amaury Capella, para mí el doctor más avezado y noble que ha tenido comisión boxística alguna en Las Américas, y a Wilfredo Gómez, rey de reyes, ídolo inigualable, animándole con efervescencia.
No obstante, este final triste para Alfredo, un sector grande de la afición boricua se había maravillado tanto con la ‘caballerosidad’ de Alexis, de fino hablar y buenos modales, que le llegó hasta a rendir pleitesía en la casa de su rival; recibiendo bastantes críticas y desprecio el gladiador de Carolina, incluso de algunos de sus vecinos del condominio Parque de la Fuente, a pie de las entonces Avenida Central, que no se daban cuenta que sus alardes y desplantes contra el retador obedecían, más que todo, los hacía por su amor y respeto inconmensurables por su patria.
Contrario al sentir generalizado en Borinquen, el visitante, con su sonrisa amplia, su mirada alegre y su bigotón de machazo, no era tan querido por la sociedad pobre en su país; tal como pudo comprobar el propio Alfredo en su visita en diciembre de 1977, cuando King le pidió que fuese a promocionar su choque venidero en las jornadas previas al pleito preparatorio de Alexis con el puertorriqueño Quique Solís, encendiendo el feudo en pleno cuadrilátero con el micrófono en mano, tras el desenlace en el quinto giro, al clamar que era un hipócrita y que lo destrozaría un mes después.
Para seguir en su onda de galantería y señorío, él optó por defenderse con la trillada frase de que “eso lo veremos en el cuadrilátero”. Siempre he creído que de Alfredo haber controlado un poco más sus emociones, ablandando un poco su hostilidad, quizá lo habría vencido por su mayor fuerza corporal, su reciedumbre y su valentía espartana; pero nunca se sacó de su espíritu su adversión y pagó con sufrimiento su comportamiento salvaje.
De hecho, Escalera le asestó un derechazo en el noveno que lo puso al borde del nocaut, pero en vez de seguir su ataque se puso a presumir, sacándole la lengua, y Alexis se recuperó del leñazo en pocos segundos.
Al terminar la batalla, empero, ambos se abrazaron y, como si fuese una orden venida de los cielos, se inició de inmediato una amistad que continuó creciendo con los deshojares del almanaque; tal como se demostró el domingo pasado en una fotografía publicada por El Nuevo Día de los dos, luego de que Alexis visitara la Ciudad Deportiva que lleva el nombre del inmortal pelotero. Es más, es bueno recordar que con su rostro tumefacto y una cicatriz abierta de desconsuelo, Alfredo visitó a Alexis en su suite del hotel Caribe Hilton, a eso de las nueve de la noche en aquella jornada aciaga, y le invitó a ver el show de Iris Chacón en el Club Caribe; encontrándole acostado, ensabanado de pies a cabeza, y su respuesta no se hizo esperar: “Estás loco, hermano, me duele hasta el pelo”.
A los pocos minutos, y al percatarse de su presencia, la vedette le pidió a Alfredo que subiera a la tarima para que bailara salsa con ella, estallando el recinto en aplausos por este acto espontáneo que sirvió de bálsamo temporal al fracaso ante su pueblo. Podría contar varias anécdotas más acerca de estas joyas de fistiana; pero me conformo con esta sola porque es prueba contundente de que los golpes, el pundonor y la admiración ablandan cualquier tipo de encono y fobia; de ahí que Alexis y Alfredo seguirán hermanados en la infinitud sin los guantes puestos…