RAFAEL TORRECH SAN INOCENCIO
03-Julio-2009 | RAFAEL TORRECH SAN INOCENCIO

HISTORIADOR


Mi bisabuelo el sacerdote


Su caligrafía siempre me llamó la atención. También su dulce hablar jíbaro salpicado con palabras de gran erudición. Dudo que haya sido producto de las escuelas rurales de Corozal. Alguien de alta cultura formó a mi querido abuelo.


Según la tradición oral, don Rafael San Inocencio fue hijo de sacerdote. Aunque hay escasas instancias de su apellido en España, no hay registro definitivo de su arribo a la isla. Quizás se lo inventaron. Su apellido materno, Gorgas, corresponde a dos hermanos asturianos que llegaron a Corozal, lograron prosperidad en el comercio, se afiliaron a los incondicionales conservadores y uno de ellos incursionó en la política como teniente de alcalde.


De ahí en adelante la historia es borrosa. Posiblemente una de sus hijas, como sucedía en el siglo XIX, vivía en la férrea sujeción de la tradicional moral familiar. Quizás sus escasas salidas eran a la iglesia del pueblo. Tal vez allí, frente a las inquisidoras, pero mudas imágenes religiosas, floreció un amor prohibido.


Lo cierto es que la familia San Inocencio Gorgas emergió en el Barrio Cuchillas, en la ruralía más agreste de la cordillera. Como muchos otros de diverso origen y circunstancias, mis bisabuelos partieron briosos al monte, a vivir su amor, a procrear once hijos y a impartirles un sentido de ecuanimidad casi religiosa, dejando atrás su pasado y las normas que proscribían lo que sus sentimientos les dictaban.


Su hijo menor, mi abuelo, fue un hombre valioso. Fue alcalde en los tiempos épicos en que el servicio público llevaba a la bancarrota a los hombres de bien y luego juez de paz hasta su retiro, haciendo justicia sin la necesidad de una formación legal.


Varias de sus primas heredaron la vocación religiosa con dignidad, compromiso y gran generosidad.


A pesar de la supresión oficial de estas historias, abundan las instancias de muchos otros religiosos que forjaron una nueva vida en Puerto Rico. Supieron sabiamente acometer su nuevo destino sin condenar y sin dejarse condenar, sin golpes de pecho y sin oportunistas pompas mediáticas.


Lo hicieron simplemente por amor.


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