EDGARDO RODRÍGUEZ JULIÁ
03-Julio-2009 | EDGARDO RODRÍGUEZ JULIÁ

ESCRITOR


No soy médico ni abogado


Llegamos al estacionamiento del Cardiovascular y el sótano aún permanece inundado; así ha estado por los últimos diez meses. Entrando al Hospital Universitario hay construcción a la izquierda, gesto casi inútil de cara al porvenir: los puertorriqueños viviremos el siglo XXI permanentemente rezagados respecto de nuestras necesidades de asistencia social y la prestación de servicios de salud. Camino al patio central con todos los concesionarios de la neoalimentación boricua —Taco Maker, Burger King, Church’s, la plazoleta del colesterol malo y los triglicéridos disparados, la bariátrica “electiva” y la diabetes catastrófica— notamos, súbitamente, el deterioro tercermundista. Más de cuarenta mil personas pasan por estas instalaciones todos los días y pareciera que estamos en Nairobi o Managua.


Todo parece marcado por la insuficiencia de fondos y el deterioro de edificios construidos hace más de treinta años; todos los aleros necesitan pintura, los pretiles merecen aliviarse de tanto basura, las maquinarias de sostenimiento —los aires acondicionados ensordecedores, las tuberías y respiraderos— parecen añadidos en los lugares incorrectos, para así alcanzar un poco —sólo un poco— la demanda. Centro Médico es uno de los lugares más feos de Puerto Rico. Lo único simpático es ese lugar donde se venden desde chicharrones volaos y platanutres artesanales hasta pan de maíz y artesanía fea.


Pasando el Subway, empezamos a ver a los policías estatales. A causa de la violencia que arropa nuestra juventud, el Centro Médico es lugar sitiado. Se cometen atentados en plena Sala de Emergencias. Hace poco, por unos días, no hubo quimioterapia en Centro Médico; los proveedores se cansaron de esperar sus pagos y cortaron suministros. A diferencia de Plaza Las Américas, donde los rostros emanan una confianza casi metafísica en el bienestar, aquí uno mira las caras y la mediana es un cruce de ansiedad y perplejidad. Como que nadie está a la altura de la demanda; todos parecemos fatalmente rezagados, siempre atrás.


Reconocemos las notorias clínicas externas por la enorme cantidad de gente que espera en silla de ruedas, camillas o muletas. El sitio, que resulta muy pequeño a causa de haber sido diseñado en los años setenta; parece un lugar a mitad de camino entre las antiguas Unidades de Salud Pública y la bolsa de valores. La gran diferencia es que en aquel entonces los puertorriqueños hacíamos fila y ahora imperan el caos y el mal humor, la antipatía. Si usted llega a las siete de la mañana, su turno será sobre el 90; tiene un día completo de espera.


Son espectaculares nuestros muchachos: el chamaco en silla de ruedas —algo tarado— que me cuenta cómo lo buscaron en la Sala de Emergencias para tumbarlo. El pana, que llegó con el tripero por fuera a causa de una ráfaga de AK, corrió la peor de las suertes. En la carpa instalada frente a Clínicas Externas —de nuevo, la provisionalidad— se ofrece orientación sobre el dengue y la fiebre porcina mientras otro joven, esta vez en muletas, víctima de una cañona, me cuenta de cómo estando en el Hospital Universitario le llevaban la metadona (el buche) a la habitación; eso yo lo sabía; son dos guardias de seguridad, uno de ellos armado con una Glock, los señores Beefeater proveyendo “room service”.


A causa de nuestra disfunción, somos papel secante para los servicios de salud. Buena parte de la juventud en este sitio simplemente tomaron malas decisiones: la droga, la violencia, los intentos suicidas.


Siempre van a ser más los accidentes, las condiciones o enfermedades, supongo; pero sí estamos lastrados —no importa los millones que envíe Obama— por gente disfuncional que tomó decisiones catastróficas.


Los costos enormes a causa de la violencia, la negligencia criminal o, simplemente, la estupidez, tropieza entonces con las peores noticias: médicos mal adiestrados que dependen excesivamente de la costosa tecnología, perseguidos por la sombra del “malpractice”, por la otra mitad de la clase graduanda, la que estudió leyes.


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