El capitán Gilligan es un hombre que sonríe mucho y en silencio. La tarde está que arde y el grupo que va en la lancha observa el horizonte.
Recorremos el Estuario de la Bahía de San Juan y pienso en lo extraño que debe parecerle todo esto a este señor. A lo largo de su vida, el Caño Martín Peña y sus cuerpos subyacentes han coronado la capital con su presencia monumental. Y sin embargo, paradójicamente, esa monumentalidad ha sido casi anónima: un cuerpo de agua contundente que apenas ha existido realmente en la psiquis de la población sanjuaneña.
Siempre hemos querido ver el mar de San Juan. Por años, hemos criticado la necedad de anteponer los edificios del Condado a nuestro derecho fundamental de disfrutar de la vista al mar. Y sin embargo, el estuario ha estado ahí siempre: enorme, imponente, pero casi invisibilizado por la pobreza económica de sus orillas. No sabemos siquiera lo que es ese cuerpo de agua, para qué sirve, cómo se llaman sus canales y lagunas y barrios aledaños.
“Ahora sé que, en el fondo, cada vez que pasaba por el Teodoro Moscoso, pensaba que un día querría cruzarlo desde el agua”, le escucho decir a una de las pasajeras.
El calor es violento, pero Melba, la joven guía, sigue anclada en la punta del bote, dando detalles sobre cada mangle, sobre las hojas y la sal y la contaminación, altísima por cierto, aunque nunca lo suficiente para ahuyentar a unos cuantos pescadores que vamos dejando atrás, al pie de las orillas.
El capitán Gilligan sólo interrumpe su silencio para hacer acotaciones felices sobre la fauna. Nos pone frente a frente con un islote de mangle que sirve de hábitat a decenas de garzas. Podemos olerlas de tan cerca.
Es evidente que ese gran nido de aves, así como los reptiles que descansan en los árboles de la Laguna Torrecillas, son las pequeñas cosas que impresionan a este capitán.
Porque mientras nosotros cruzamos de un lado a otro de la ciudad sin reparar en ellas, él las observa. Realmente las observa.
n La autora es escritora.