Es irónico que el escritor napolitano Roberto Saviano resalte, como la gran cosa, que en Nápoles se registran dos asesinatos diarios, atribuidos a la Camorra, y que esa cifra, en cualquier otro país de Europa, haría caer el gobierno. Debería darse una vuelta por Puerto Rico
El problema del narcotráfico y la mafia en Puerto Rico no es un asunto policiaco ya. Ni siquiera puede decirse que sea un dilema de salud, de ver si se medica o se despenaliza. Aunque en lo particular apoyo que se despenalice de manera gradual y controlada.
El problema de la droga aquí es un problema político. De intenso desajuste social que el sistema sigue fomentando, sin reconocerlo y sin querer tocarlo.
Lo que pasa es que resulta más cómodo, más llevadero para los que gobiernan, enfocarlo como un problema estricto de seguridad. Y el caso es que la policía, por ejemplo, estuvo dando rondas por el negocio Tómbola, minutos antes de que estallara la tragedia. Y la policía, con suerte, logrará capturar a un par de sicarios que han tenido que ver con la masacre. Y luego, ¿qué?, vamos a ver, ¿qué se adelanta, aparte de meterlos en la cárcel?
Por cada dos sicarios que detengan, surgirán tres que están en fila esperando que los pongan a prueba.
Roberto Saviano, el autor de Gomorra, decía hace poco que la mafia no es sólo droga, tiroteo, extorsión. Y al referirse específicamente a la napolitana, a la conocidísima Camorra, hizo un curioso planteamiento que podríamos aplicar aquí: dijo que es la política la que necesita a la Camorra y no al revés. Que la necesita para conseguir votos, financiación de actividades y campañas, gestión de territorios y otros oscuros favores diversos e inimaginables. Explicó que a medida que esos clanes delictivos invierten en negocios considerados “normales”, y a medida que infiltran diversas instancias financieras y empresariales -convirtiéndose en grandes clientes de bancos y comercios, y adquiriendo hasta bonos del Estado- logran una importante capacidad de presión.
Saviano subrayaba que, si hubiera voluntad política, más voluntad empresarial, la expansión de las organizaciones criminales podría pararse.
Y es irónico que el escritor napolitano resalte, como la gran cosa, que en Nápoles se registran dos asesinatos diarios, atribuidos a la Camorra, y que esa cifra, en cualquier otro país de Europa, haría caer el gobierno.
Debería darse una vuelta por Puerto Rico.
Si un periodista aquí, emulando a Saviano, tirara del hilo para descubrir vínculos entre los grandes narcotraficantes y ciertos sectores de la sociedad legítima: políticos, inversionistas, jueces, empresarios y hasta congregaciones religiosas, sacaría a flote una madeja espeluznante. Estamos hasta las narices manchados por el dinero negro. Claro que, si la investigación es seria -si aporta nombres y revela esquemas- el periodista tendría que vivir huyendo, como vive Saviano.
En otros lugares, incluso en avanzados países europeos, también se lava dinero, y existe una febril actividad mafiosa que mueve billones y billones. Pero, ¿cuál es la diferencia con Puerto Rico? Pues que por allá tal vez la mafia esté mejor organizada, con unas jerarquías, unos códigos, un orden dentro de sus patrañas, donde existen cabezas prácticamente inexpugnables que imponen reglas que el resto obedece, pues saben que en la discreción les va la vida.
Aquí no. Aquí hay un reguerete alucinante de gangas, encabezadas por gente sin control alguno -y sin dos dedos de frente: enfermos, drogados hasta la coronilla, capaces de las salvajadas más abominables-, peleándose los puntos y eliminando rivales a plena luz del día, junto con inocentes. Corre demasiada sangre, que es lo que pone en evidencia a los sectores que, directa o indirectamente, se benefician del tráfico de drogas, de las grandes fortunas que manejan los narcotraficantes. Y llega un momento en que, como la sangre corre de esa manera demencial, a los beneficiados se les hace cada vez más difícil mirar hacia otro lado.
Ése es el momento que se vive aquí.
De otra parte, las gangas estas de Sabana Seca, ¿se despedazan entre sí por el consumo que les representa el infeliz que se para en el semáforo a pedir pesetas, con un cartel que dice tengo hambre? Por supuesto que no.
Los que dejan de verdad dinero son los consumidores de alta alcurnia, o los profesionales que manejan muy decentes salarios, ya lo he dicho en otras ocasiones, gente que asigna un presupuesto semanal para hundirse en su nota del alma, y eso sí que es dinero.
El problema es que hasta eso, hasta consumir en el ‘penthouse’ de ensueño, o en el yate magnífico, o en el coctel privado, empieza a hacerse un poco cuesta arriba. Cuesta arriba, no desde el punto de vista operativo, de conseguir la droga (eso es muy fácil), sino desde el agobio sicológico que representa el clima que vivimos y la presión mediática que se levanta con cada baño de sangre.
Y eso no va a parar, porque la política, el fundamentalismo religioso y la complejidad de los tentáculos del narcotráfico, que difumina las fronteras éticas, tiene amarrado a medio mundo. Se ha llegado muy lejos, a un callejón sin salida. Dar marcha atrás resulta cada vez más difícil.