Viví para contarlo. Hace unos días en el trajín de llevar a mi hija al colegio quedé atrapada en el acostumbrado tapón de la avenida Ponce de León. Cuando me fijo en el conductor del lado me doy cuenta que está maniobrando con el volante mientras sostiene una cajita blanca. No era un teléfono celular ni una Ipod y, mucho menos, un DS.
Cual malabarista de circo, el caballero en cuestión buscaba la manera de abrir una cajita de hilo dental. Sí, leyó bien, hilo dental. Con una habilidad tal, cortó un pedazo del hilo y, olvidando toda norma de precaución vial y de buenos modales, se empezó a limpiar los dientes ante el asombro y espanto de los demás conductores.
Jamás hubiera imaginado tal espectáculo. ¡Cómo cambian los tiempos! Atrás quedaron aquellas escenas de mujeres quitándose los rolos y los pinches del “dubi-dubi” o de las madres en plena lucha libre con los chicos en el carro. Porque nada de eso compara con la escena grotesca, y peligrosamente osada, de aquel hombre que actuaba sin inmutarse.
Al paso que vamos será común que mientras los conductores se comen un sándwich y hablan por el celular, contesten los correos electrónicos y se pasen “blower”. Parece broma, pero esto magnifica la falta de conciencia ciudadana sobre lo que implica, en términos de consideración y responsabilidad para el otro, llevar un guía en la mano.
La vida suya y la de cualquier otro ser humano puede cambiar, incluso perderla, en fracciones de segundos mientras se realizan estas tareas, que estoy segura se hacen sin pensar en provocarle daño a nadie. Sencillamente responde tal irresponsabilidad al ajoro de vida que llevamos.
Ese ajoro que nos hace decir “estoy tarde, no me puedo detener, déjame pintarme los bembes en el carro o escribirme el testamento dentro del ojo”. Y los que van detrás o delante, pues que aguanten.
Estupefacta aún por la imagen del hombre limpiándose los dientes con hilo, llegué al colegio, en donde en estos momentos no hay espacio disponible para estacionarse para dejar a los niños. Esa escasez de espacio ha provocado una directriz de la dirección para que los padres practiquen la técnica del “kiss and good-bye” (besito y adiós). O sea que al llegar a las inmediaciones del plantel el muchacho o la muchacha debe estar listo para eso. Besar y salir del carro.
En un mundo perfecto, cumplir con esa regla sería posible, pero no aquí. Al momento de besar, entonces es que se dan cuenta que el niño no tiene dinero, que no ha hecho la asignación, que no tiene los zapatos puestos y que no se ha peinado. Y mientras eso sucede, el tránsito, en plena entrada del colegio, a punto de colapsar. Y, al igual que el caballero del hilo, estos padres no se inmutan con la congestión que provocan. ¡Ay Santa Caridad, cortesía y urbanidad!
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