En el verano de 1992, en medio de las festividades de las Américas por el “encuentro de dos mundos”, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se vino abajo. Los marineros a bordo de la nave que había zarpado hacia la Gran Regata, llegaron al puerto de San Juan indigentes y desubicados. Su país ya no existía, nadie le suministraría nada. ¿Qué hicieron los puertorriqueños al enterarse? Corrieron por cientos al muelle donde estaba anclado el barco a ver cómo podían ayudar. Compañías de alimento enviaron compras por miles de dólares. Los marineros soviéticos, al llegar a algún restaurante a contar sus escasos dólares cambiados por rublos, recibían comidas gratis. Si llegaban con un six-pack de refrescos, el dueño de la fonda sanjuanera les regalaba la botella de ron para que hicieran cuba libres. Y las familias boricuas venían en carro y se peleaban por llevarse a la casa algún grumete para alimentarlo y rellenarlo como sólo saben hacer las familias de aquí. El día que el barco zarpó, tanto los marineritos, la mayoría lampiños aún, como los isleños que llegaron a despedirlos, lloraron juntos porque juntos habían compartido. Nuestro país se volcó para ayudar a esos seres humanos que, desprovistos, iban a surcar los mares.
Ahora ha llegado el momento de hacer lo mismo. 17,970 personas han recibido cartas de cesantía en sus trabajos de gobierno. Aunque a algunas les han dicho que todavía se quedarán en sus puestos, éstos no están seguros, por lo que todas han sufrido por igual la desesperanza, el susto, la agonía. El resto de nosotros no podemos dejar de luchar, de todas la maneras posibles, por revertir esta injusticia. Y, además del apoyo en la calle, la marcha, la huelga, podríamos ofrecer a cada persona un bono al comienzo de diciembre. Es tan sencillo. Si 10,000 personas asalariadas donaran cada una $33.94 podríamos ofrecer un cheque de $2,000 a cada uno/una que haya recibido la carta de despido. Esto no borra la ignominia, pero permite unos días de asueto para que reaviven su energía y no se sientan humillados por los acreedores o incapaces de salir una tarde de paseo con sus hijos. Los cientos de boricuas que apoyaron a los marineros soviéticos tenían el alma en su sitio. Ahora necesitaríamos 10,000 puertorriqueños con alma para apoyar a los nuestros.