Acabo de comprar un seguro de patrono en el Fondo del Seguro del Estado en que soy patrono y también el beneficiario. Sólo así podré seguir escribiendo esta columna para ustedes, según una ley aprobada por la Legislatura de Primitivo Aponte.
Es decir, no llegaré a ser un escritor clásico y sereno. O sea, si sufro un colapso nervioso escribiendo sobre Alexis Candelario Santana o la primera dama, Lucé Vela de Fortuño, tendría que reclamarle no a El Grupo y sí al Fondo; mi hospitalización sería en el Hospital Industrial, que siempre fue como el sueño de un intelectual de izquierda.
También podría incapacitarme por el Fondo —truco de muchos puertorriqueños— y cobrarle, ¿a quién? El Grupo no se responsabiliza; ha subido mucho el costo del papel; el Estado está en bancarrota.
Y estas no son figuraciones ociosas. Son las de un escritor sexagenario que tiembla cuando usa la palabra guaynabeña, que fantasea con encontrarse a Lucé Vela en la estación Torrimar del Tren Urbano, chachareando, con una amiga Prada, sobre el más reciente sushi y cómo ella es “fabulosa en todo” lo que hace. La vulgaridad reina en Borinquen Bella entre los ricos y poderosos, quienes llaman crápulas a los de vida modesta, terroristas a los contestatarios y rematan su arrogancia con el consabido “such is life”.
Hay algo siniestramente esquizofrénico en todo esto, porque mientras los ricos y los poderosos dan un salto cualitativo, en su vulgaridad de arribistas sin sentido histórico, aquéllos que antes hubiesen reclamado ser parte de aquel “buen pueblo” puertorriqueño que fantaseó El Vate, es decir, “los humildes”, también dan saltos de conejo a la maldad, la estupidez y el sin sentido. En Sabana Seca, con la matanza de “La Tómbola”, el alma boricua dio una voltereta hacia la violencia indiscriminada de las tropas SS, a los modos grasientos de los gatilleros de la mafia de Jalisco, o los formados en Cali.
Mientras tanto, el secretario de Justicia Sagardía, a quien toca investigar paso tan decisivo en la historia de la criminalidad en Puerto Rico, tiene que inhibirse porque fue abogado de uno de los sospechosos, Alexis Candelario Santana. La imagen del abogado criminalista, como un pico de oro con dotes de disuasión, ha sido sustituida —ante la congestión de los casos en corte— por el de un corredor de sentencias, un “broker” de tiempo a cumplirse en cárcel. Por ejemplo, a Alexis Candelario Santana el actual secretario Sagardía le chanchulló el cumplimiento de seis años concurrentes por cinco asesinatos. ¿Qué hay del sentido de justicia, del sentido de “proporción” entre crimen y castigo?
Ser abogado criminalista, en este país, casi descalifica a cualquier candidato a la Secretaría de Justicia. Quiere decir que de tanto “estar” cabe la posibilidad de que haya terminado “siendo”, sería como pedirle consejos sobre higiene sexual a una calcuta de la Avenida Iturregui. Según el gobernador Fortuño, un secretario de Justicia “debe conocer todos los trucos que tiene la gente dedicada a violar la ley”. Justo, esos trucos que bien conoce Sagardía fueron los que torcieron la ley para que Alexis Candelario Santana se convierta en sospechoso de una de las peores masacres desde la ocurrida en Ponce.
En Loíza los jóvenes de Melilla y Las Carreras están en guerra. El comandante Caldero vive en la perplejidad; su larga experiencia combatiendo el crimen no le basta. Nos asegura que la droga no es el móvil principal de una guerra cuya justificación se le escapa hacia unos orígenes que resultan vagos, borrosos, como en un cuento de Borges, o en las masacres ejemplares entre hutus y tutsis.
“Ivansito, viembenido al infierno”, decía la sentencia grafiteada por la pandilla que lo ejecutó. Plagado de incorrecciones ortográficas, ese texto restaura cierto equilibrio entre el espanto y la banalidad, como si el maestro de español, que bien habita en mí, se fijara más en los horrores ortográficos que en las calamidades de esta época “que es fabulosa” en todo lo que daña.