La pescadora prefiere no tomar vacaciones para así no alejarse del mar
Por Lilliam Irizarry / Especial para El Nuevo Día
GUAYAMA - El mar pescó a María de los Ángeles González a muy corta edad. Tendría menos de 10 años cuando mordió el anzuelo con que su abuelo la sumergió por primera vez en ese mundo tan lleno de hombres donde siempre se ha movido como pez en el agua.
Aún lo recuerda remendando las redes conocidas como chinchorros con las mismas curtidas manos con las que luego le enseñó el arte de pescar a cordel desde la segura orilla. Los ojos de aquella niña, sin embargo, apuntaban a alta mar.
“Siempre nos íbamos por la orilla con el cordelito y cogíamos dos o tres parguitos por ahí”, recuerda quien nació, se crió y vive de cara al mangle en el barrio Pozuelo de este pueblo, donde la consideran la única mujer que se dedica a la pesca comercial en el área sureste de la Isla.
González proviene de una familia marina y, sin proponérselo, mantiene la estirpe. Se casó con un pescador y sus dos hijos le pisan los talones. El más pequeño -Joel, de 16 años- es su acompañante más aguerrido.
“Cuando el más chiquito tenía tres años, le regalamos su primera atarraya. Desde entonces, siempre me lo llevaba a pescar conmigo. Al otro le gustaba estar más en casa de su abuela”, sostiene sobre aquellos años en que enfrentó la disyuntiva de tener que escoger entre ser madre o ser pescadora.
González sale a la mar al menos tres tardes a la semana, siempre acompañada de alguno de sus hijos o su sobrina. Lo hace en una yola de madera de 14 pies que heredó de su hermano, que se fue a vivir a Estados Unidos. Antes de zarpar, monta las redes en la embarcación, la carga de gasolina y le echa aceite al motor. Se asegura de que no falten los remos, los salvavidas, un pito por si surge una emergencia y algunos víveres. Luego, encomienda su jornada a la Virgen de la Caridad del Cobre, que cuentan libró de las encrespadas aguas a tres pescadores.
“Por ella mi botecito se llama La Caridad. Siempre le pido que nos acompañe, a mí y a todos los que se encuentren en alta mar”, sostiene quien tira la red conocida como atarraya todas las veces que sean necesarias en busca de sardinas frescas que le ayuden a atraer la presa del día.
En el área donde suele anclar, abundan peces conocidos como jarea, curvino, cachupín, sama, pargo, entre otros. Una vez, junto a su hermano, de una sola tirada de red agarraron 142 libras de chopa.
Aunque es experta en el uso del chinchorro y a veces usa la caña, nunca ha dejado de pescar a cordel, que se agarra directamente con la mano. “Me gusta sentir que el peje me quema el de’o, que yo siento la jalá” que anuncia que es hora de cosechar.
En las épocas en que el mar se enconcha y no quiere soltar peces, ella siempre le extrae lo suficiente para pagar, al menos, la electricidad de su casa, que antes fue de su abuelo. Aparte de la ayuda para alimentos que reciben del gobierno, todos los demás gastos salen del trabajo marino de ella, su esposo y sus hijos.
González, quien asegura no sentirse discriminada por sus pares varones, es parte integral de la Villa Pesquera de Pozuelo y de su lucha por que no se le desplace de sus terrenos como parte del paseo tablado que el municipio construye en el estuario de la Bahía de Jobos. También exigen que el proyecto se desarrolle en armonía con el medioambiente.
Del mar que tanto ama se ha llevado varios sustos. Como la vez que no estudió las condiciones del tiempo y se topó con un mar de lluvia, truenos y relámpagos. Menos mal que estaba con Joel. “Tuve que luchar con mi mente porque no había nada que yo pudiera hacer. Sólo quedarme sentadita y esperar… Me dio un poco de miedo”. Las veces que se le ha averiado el motor en el mar, ha tenido que regresar a fuerza de remos, callos y molleros.
El mar también le ha dejado un inmenso dolor a su familia. Su cuñado salió un día a pescar y el mar se lo tragó. Lo encontraron días después en el área de Salinas. Esa experiencia la alejó momentáneamente del mar, pero nunca lo suficiente como para no volver a abrazarlo.
Ahora, lo mira con más respeto y lo recorre con más precaución. Pero siempre como aquella niña, con el cordelito lleno de sal y los sueños llenos de peces.