La maquillista lleva 20 años empeñada en servir a los demás
Por Lilliam Irizarry / Especial para El Nuevo Día
La vida de Migdalia Correa dio un giro de 180 grados el día que su esposo tuvo un accidente laboral y los médicos solo le daban 24 horas de vida. Si tenaz fue la lucha por que sobreviviera, más impactante fue darse cuenta de que incluso los sucesos malos pueden obrar para bien.
Lo descubrió hace 20 años a través de un médico que atendía a su esposo y que le mostró un Puerto Rico que no conocía: el de las niñas maltratadas y los envejecientes desamparados.
“Ese accidente vino para bien. Quizá, si no, hubiéramos pasado 20 años de nuestra vida haciendo nada”, expresa la maquillista de 59 años que, junto a su esposo, Rafael Santos, ha entregado su vida al trabajo voluntario en Amisecro (Asociación de Amistad Misionera Seglar en Cristo Obrero).
Amisecro es una entidad sin fines de lucro que sirve de apoyo a las nueve hermanas de la congregación Amistad Misionera en Cristo Obrero (AMICO) en la Isla. Entre sus proyectos, figura el Centro de Envejecientes Nuestra Señora de Lourdes en Santurce, un programa de auxiliares en el hogar para ancianos y el Hogar de Niñas de Cupey. También envían ayuda a sus misiones en Guatemala, Colombia, Nicaragua, República Dominicana, Haití y España.
“Me impresionó ver tanta necesidad y a la vez tanto cariño. Fue como chocar contra una pared para darme cuenta de que llevaba muchos años perdiendo el tiempo”, sostiene Correa, quien este año se ha propuesto tocar todas las puertas que sean necesarias para conseguir un local más amplio para los 20 envejecientes que acuden a diario al centro, algunos en busca de su único abrazo y plato caliente del día.
La voluntaria critica con todas las fuerzas de su corazón que haya tantas familias que abandonen a sus viejos y que no haya más ciudadanos que se ocupen de ofrecerles su compañía. Por eso, siempre que puede, le roba horas al día para ir a jugar bingo con ellos o a recortarles el pelo.
En Amisecro, la pareja hace de todo: pide donativos, vende boletos, busca auspiciadores, lleva las niñas al cine o la playa, visita los ancianos, saca las monjas a pasear, entre muchísimas otras tareas. Correa acude a ayudar siempre que su trabajo se lo permite, mientras que Santos, hoy pensionado, prácticamente sirve a toda hora.
Al menos dos domingos al mes, por ejemplo, llegan hasta el Hogar de Niñas de Cupey, donde 38 menores maltratadas o abandonadas por sus familiares los reciben, como siempre, con los brazos abiertos. “Cuando entré por aquella puerta por primera vez, yo pensaba ‘Dios mío, como está el cariño aquí’. O es que les falta cariño o es que les sobra cariño”.
La maquillista reconoce que, en estas dos décadas de trabajo voluntario, ha visto mucha gente cansarse de ayudar. Ella, sin embargo, persiste. “Uno tiene que mantenerse ahí, perseverando. No es dar una ayudita ahora, es comprometerte a hacerlo parte de tu vida. Puede ser sacar un ratito de tu tiempo nada más; la cosa es no quedarte con los brazos cruzados”, afirma.
Santos, en tanto, estuvo tan cerca de la muerte que ahora vive el voluntariado como una misión o un apostolado. Destaca que mucha gente cree erróneamente que para ser misionero hay que salir del país, cuando se puede ser “en cualquier parte y hasta con una sola persona”.
Tanto a nivel profesional como voluntario, Correa también recibe la complicidad de su hermana mayor, quien prefiere ocultar su nombre, aunque no sus palabras: “Nuestro propósito de vida es compartir con otros lo que la vida nos ha dado. Ver a alguien feliz es nuestra felicidad. A veces, lo que una persona necesita es tan solo un abrazo”.
En el servicio a los demás la maquillista dice haber encontrado la fuente de la juventud, pues basta con una llamada de auxilio y se le olvidan todos los dolores. También dice haber hallado, sobre todo, una nueva manera de amar a su país. “El trabajo voluntario nos ha enseñado a ser mejores puertorriqueños”.