Carmen Colón aprendió a soltar sus miedos al ofrecer servicio voluntario
Por Iliana Fuentes Lugo / iliana.fuentes@elnuevodia.com
Las terapias grupales comienzan y terminan en un círculo que representa el compartir de vivencias en una atmósfera de igualdad y comprensión. Así es la experiencia de una terapia ocupacional con Carmen Colón y un grupo de mujeres que vive en el Hogar Compromiso de Vida de Iniciativa Comunitaria en Río Piedras.
Mientras ellas comparten los sueños que dejaron en el tintero por las diversas adicciones que las llevaron hasta el Hogar, Colón les cuenta cómo ser voluntaria era un sueño que ella tenía guardado para cuando se jubilara.
En medio de un intercambio de miradas de complicidad con las cinco mujeres que participan de la terapia, les explica que durante una conferencia sobre voluntariado le lanzaron el reto.
“No espere a jubilarse para hacer servicio comunitario. El momento es ahora, porque no sabe hasta cuándo va a vivir”, recuerda con claridad las palabras que pronunció hace 10 años Patch Adams, el médico y activista que promueve la risa como una terapia de sanación.
Así exhorta a las mujeres, que la miran casi sin pestañear, a que no dejen sus sueños para cuando salgan del Hogar y que comiencen ya a hacer las cosas que más les gustan.
Las palabras de Adams la impulsaron a abrir espacio en su agenda como profesora en la Universidad de Puerto Rico en Humacao para servir como voluntaria. Después de 12 años, anuncia con alegría que en un par de años se jubilará y dedicará la mayor parte de su tiempo al trabajo voluntario.
Servir para romper prejuicios
Entonces vino otro reto. Tomó un taller de voluntariado en Iniciativa Comunitaria y, en el momento de escoger el lugar en el que daría su servicio, el salubrista José Vargas Vidot exhortó a los participantes a “dar servicio donde les duela” para comenzar a superar prejuicios.
Y así lo hizo. En su práctica como terapista ocupacional había evitado trabajar con usuarios de drogas y con mujeres. “La población de abuso de sustancias no me agradaba porque yo los veía como que te están retando continuamente”, revela. Admite que también evitaba trabajar con mujeres porque sentía que no la respetaban.
Así que, siendo las mujeres usuarias de drogas la población que más le dolía, decidió lanzarse a trabajar con ellas. “Cuando empecé yo me di cuenta de que cada una tiene una historia y me di cuenta de lo difícil que es la rehabilitación para las mujeres”, confiesa agradecida de haber superado uno de sus más grandes prejuicios.
Terapia para todas
Colón siente que en cada encuentro recibe tanto como da, que cada mujer le enseña a superar sus temores. Mientras ofrece la terapia, cuenta a las participantes que al llegar al Hogar la confrontaron con un nuevo reto.
“Usted no va a volver. Aquí las voluntarias vienen el primer día y no vuelven”, recuerda las palabras que alejaron el miedo y la llenaron de compromiso con el camino de la rehabilitación.
Admite también que una de sus mayores frustraciones era ver que las mujeres recayeran y volvieran al Hogar a desintoxicarse. Pero revela que fueron las mismas mujeres las que le enseñaron a fijarse en todas las veces que volvían a intentarlo.
“En una ocasión una dama de este hogar me dijo: ‘Miss, yo la noto a usted seria hoy. No se preocupe, porque volví’ ”, revive. Entonces recuerda que todos los días es una nueva oportunidad y, mientras se levanten de sus recaídas, continúa el “compromiso de vida”.