Demi Mercado abrió un libro escolar por primera vez en el 2004 y no se detuvo hasta graduarse de cuarto año
Por Mildred Rivera Marrero / mrivera1@elnuevodia.com
En estos días llueven las graduaciones y las fotos de jóvenes graduandos. Demetria “Demi” Mercado Álvarez también tiene una foto con toga y birrete. Pero es suya. Empezó a estudiar el primer grado a los 75 y acaba de terminar... a los 82 años y medio.
Y no termina ahí. Dice que aspira a estudiar algo más que la capacite para trabajar con público. Solo espera porque uno de sus hijos se recupere de un percance de salud que sufrió recientemente y que está bajo su cuidado. Esa actitud la ha ayudado a superar muchas luchas con una sonrisa y a fijarse nuevas metas, no importa la edad. Lo cuenta durante una entrevista en la sala de su casa, cuyas paredes adornan los cuadros que pinta -gracias a unas clases que tomó gratis hace más de una década- y en la que también destacan las muñecas de barro que hace.
La cayeyana de nacimiento, y cagüeña por adopción, recuerda que -como mucha gente de su generación- no fue a la escuela porque su familia era bien pobre y tuvo que ayudar a criar a sus siete hermanos. Pero nunca perdió la ilusión de ir a la escuela.“Nunca supe dónde estaba la puerta de la escuela porque era una de las mayores y tenía que ayudarlos a estudiar. Todos estudiaron. Yo crecí, y me hice mayor y me casé”.
Y tuvo seis hijos. Nunca trabajó fuera de su casa, aunque en un punto decidió cuidar niños en su hogar para ayudar con la economía familiar. “Junto con los míos, crié 18 niños”, revela.
Ese trabajo tuvo que terminar cuando su madre desarrolló Alzheimer y se la llevó a su casa. Su suegra corrió la misma suerte y también se hizo cargo de ella. Las cuidó durante 20 años, hasta que fallecieron. Su esposo también desarrolló el mismo mal y también lo cuidó hasta su muerte, en el 2000.
“Todavía no sé cómo lo hice, pero lo hice”, dice y afirma con un gesto de tristeza que su esposo le hace mucha falta.
Durante todos esos años, en los que firmaba con una X, guardó “un deseo bien íntimo” de estudiar. Así que cuando le faltó su esposo, “no me podía quedar en esta casa porque había mucho dolor”.
Siempre ha creído que “de todo lo malo hay algo bueno”, así que ni corta ni perezosa se matriculó en una escuela para estudiantes que se salen de la corriente escolar regular y empezó por primer grado. Lo único fue que cuando llegó al salón sus compañeros eran jovencitos y pensó que no se iban a llevar con ella. Pero no fue así.
“Me fui acostumbrando a ellos y ellos a mí”, dice y revela que “soy bien charlatana”. De hecho, esos compañeros de clase la ayudaban, así como uno de sus once nietos “que se botó conmigo” y que la ayudaba a estudiar cuando salía del trabajo. También la ayudó Carmen Miranda, una maestra de matemáticas retirada que le dio tutorías gratis.
Iba de lunes a jueves para estudiar de 8:00 a.m. a 11:30 a.m. Y, como no guía, tenía que coger cuatro guaguas públicas para llegar. Se iba a de su casa a las 6:30 a.m.
El sacrificio valió la pena y, cuando finalmente pudo escribir su nombre, “fue una sensación que uno no puede expresar porque es algo bien de uno”.
También es difícil explicar la satisfacción de “darle vida a un ser que se está muriendo”, como hizo cuando cuidó a sus tres familiares pacientes de Alzheimer. Por eso, quisiera trabajar con público, preferiblemente con personas aquejadas de salud a las que pudiera tenderles la mano.