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De Viaje

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23 de enero de 2013
11:20 a.m. Modificado: 11:38 a.m. De Viaje
 

Crónica de una aventura en el río Tanamá

Perdidos en el monte, encontramos la belleza de este tesoro natural Mira las fotos

 
Río Tanamá. (edwin.rodriguez@elnuevodia.com)

Por Edwin J. Rodríguez Rivera / edwin.rodriguez@elnuevodia.com

Suena la alarma. Son las 7:00 a.m. Ojos pegados, sueño viejo…

Ring… Ring… “¿Jorge?”

“ZZZZzzz…”, contesta mi compañero de andanzas.

“Levántate tineller que vamos pa’ lejos”. Le miento. Le digo que ya estoy  esperándolo frente a la casa, pero estoy saliendo. Si no, no llegamos nunca.

Ahora bien… para dónde vamos… no sabemos. Ponemos un dedo en el mapa “a lo loco”. Guánica, Lajas, Maricao, salen primero… pero no… y de momento en el radio suena “Me voy pa’l río Tanamá”, de Cultura Profética.

“¡Coño pa’l Tanamá!”.  Y arrancamos.

A las 10:00 a.m. ya estábamos en la carretera PR-10 comiendo pollo rostizado con viandas en una guagüita callejera. ¡Que “jaLtera”! Y pal monte.

Entonces nos metimos por una bocacalle que nos llevó a la comunidad Charco Hondo: “Permiso, ¿Por aquí conoces algún charco pa’ nadar?”.

“Bueno… será La Planta…”, contestó una desconocida y dio direcciones.

Allá fuimos y nos topamos con una antigua Planta Eléctrica abandonada.  “1923 Planta Eléctrica”, lee en el alero de la estructura, acechada por enredaderas y otras plantas. Explorar estructuras abandonadas me remonta a la niñez, pero explicar este dato es otra historia.


Al lado de la planta abandonada estaba el río de aguas azules y limpias. Algunos pasos en la naturaleza y uno se siente distinto. Más claro. Más pacífico. La caminata nos llevó de inmediato a una cascada de unos 45 pies de altura, por varios charcos y distintas “playas de río”. Es decir, una ribera de arena con un charco de agua azul, a manera de playa pequeña.


Después subimos una jalda de fango y nos topamos con un caminito de cemento ruinoso que nos dejó de frente a una represa alta y ancha, que lógicamente debió ser parte de la planta eléctrica. Allí pasamos un aguacero, nos dimos un chapuzón y nos aburrimos. Había que ir a otro charco. Había sido muy fácil, aunque divertido y nuevo.


De hecho, no estábamos seguros de si era el Tanamá.

Y entonces surgió una mala idea: buscar un camino que conocí hace años y que no recordaba bien, pero tenía memoria de que pasaba por el Radar de Arecibo y eventualmente nos llevaba  al majestuoso Tanamá.

Cuento largo  menos largo, llegamos a la entrada del Radar de Arecibo y cerca del lugar hallamos el camino. Realmente, eran las 4:00 p.m. y no eran buen momento para andar adivinando senderos en el monte. Pero mi compa es testarudo y yo fácil de convencer.


Faltó poco para vernos perdidos en el laberinto de caminos. (De hecho, sí nos perdimos.)Y nos dimos cuenta de que había pasado una hora ya caminando y no estábamos seguros de si llegaríamos al río.

“Vira mano que estamos lejos y se hace tarde… si nos coge la noche nos fastidiamos acá dentro”, decía la mente.

Pero los pies aventureros seguían hacia al frente. No había vuelta atrás. Eran casi las 5:00 p.m. y las chancletas estaban fallando. Resbala aquí, resbala allá. Salimos del bosque y en un claro vimos un caballo amarrado, dos perros y un jíbaro que no quiso darnos direcciones para el río.

La cosa es que bajamos disparatadamente por los senderos de bache que hacen las vacas y finalmente llegamos a las aguas del Tanamá.

Se comprende por qué las culturas indígenas veneran a la naturaleza. El Tanamá es una Majestad de agua turquesa y paredes de piedra caliza. Un río como un pasillo de piedra, por cuyas paredes bajan cascadas de agua al cauce principal.


Nos embelesamos. Es verdaderamente un río alucinante. No hay palabras.

Pero tampoco hay tiempo ni mucha luz. Eran casi las 6:00 de la tarde y estábamos metidos en tremendo boquete de bosque, en el medio de la nada. Y la noche nos caía encima.

“¡Dale, dale! Vamos a nadar hasta aquella curva para ver qué hay más allá por lo menos…”, entonces el testarudo era yo.

Nadamos en el agua fría como de nevera y pudimos ver que el río continuaba serpenteando entre dos inmensas paredes de piedra y en su tope los árboles impedían que la escasa luz entrara.


Supimos que el Tanamá es increíble. Supimos que caía la noche. Tuvimos que irnos. Y hay que volver.

Oscureció y mejor no les cuento cómo salimos de allí ni a qué hora llegamos a San Juan. Me costó un regañito de la esposa.

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