Desconocimiento y temor al contagio de sida avivaron el caos
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Por Gerardo Cordero
Nota del editor: Segundo artículo de una serie sobre el persistente reto de la epidemia del sida, a tres décadas del primer diagnóstico de la enfermedad
“Déjalos que se mueran”.
Esa fue la reacción de un sector de la población cuando comenzó la avalancha de decesos a causa de un “raro tumor” que desafió a la comunidad médica al inicio de la década del ochenta.
Javier Morales comenzaba su práctica como infectólogo en San Juan y recuerda claramente esos años de caos.
Sin reparos cuenta la indiferencia e inercia del discurso “déjalos que se mueran”, surgido de un sector fundamentalista estadounidense en el que la homofobia nunca se disimuló.
“El tumor raro era el sarcoma de Kaposi y hasta ese momento las víctimas fatales eran solo hombres homosexuales”, recordó.
Sin embargo, cuando llegó el primer paciente heterosexual con pulmonía severa, diarrea crónica, hongos cerebrales, fiebres nocturnas y otras complicaciones de la extraña enfermedad, “el discurso cambio”.
Eventualmente se atendieron hemofílicos, mujeres y pacientes influyentes como congresistas o figuras prominentes del cine.
A pesar de la fama y recursos económicos de algunos, todos perdieron la vida porque no se tenían armas efectivas contra la epidemia que finalmente se denominó síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida).
EMERGENCIA BORICUA
En Puerto Rico la situación no fue distinta a la que se vivía en Nueva York y San Francisco, entre otras jurisdicciones de los Estados Unidos.
“Florecieron los casos sin parar. Era como un hormiguero que zarandean y salen montones de casos”, sostuvo Morales, fundador de Clinical Research, entidad pionera en investigación y tratamiento sobre VIH y sida en Puerto Rico.
“Los pacientes se nos morían en meses o semanas y cuando esto comenzó a suceder todo el mundo les dió la espalda”, sentenció con aplomo.
Explicó que muy pocos respondieron con estoicismo y en su caso los pacientes que no tenían sida, dejaron de ir a su oficina porque en esos tiempos el temor infundado a contagiarse era la orden del día.
“Los que se enfermaban perdían el trabajo y se quedaban sin planes médicos”, recordó al enumerar eventos desacertados que no ayudaron a combatir la emergencia.
VERGÜENZA CIENTÍFICA
Uno de los primeros desaciertos se remonta al mismo descubrimiento del virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida.
“El virus lo descubrió el francés el doctor francés Luc Montagnier, del Instituto Pasteur, en Paris, pero Estados Unidos reclamó también el descubrimiento y se lo atribuyeron a Robert Gallo.
“Fue una vergüenza científica mundial”, afirma Morales al mencionar al doctor Donald Francis como una figura importante cuya aportación a veces se olvida injustamente.
El galeno estadounidense fue el primero en postular que la forma de transmisión de la enfermedad debía ser de origen viral, con patrones similares al de la hepatitis B, precisó Morales.
Francis teorizó que la forma de contagio estaba vinculada a fluidos corporales como el semen y propuso clausurar “los baños de San Francisco”, zonas identificadas como lugares de reunión e intercambios sexuales de homosexuales en esa ciudad donde se registraba una altísima incidencia de casos y muertes en aquellos años.
La propuesta de Francis, recuerda Morales, fue rechazada por grupos defensores de los gays, que las consideraron discriminatorias. Sin embargo, esa no fue la única propuesta de contingencia inicial de Francis que fue repudiada categóricamente.
Se refirió a la idea de realizar pruebas de sangre a las muestras disponibles en los bancos de sangre, para detectar si eran positivas para hepatitis B con el objetivo de descartarlas. Francis propuso descartarlas porque la mayoría de los pacientes entonces eran positivos para hepatitis B.
“Su propuesta se ignoró porque se perdería mucho dinero”, observó Morales.
YERBAS MÁGICAS
En los tumultuosos años 80, ante la ausencia de tratamientos médicos que frenaran la epidemia, los pacientes en Puerto Rico y otros países fueron timados por inescrupulosos que ofrecieron curas milagrosas.
“Surgieron oportunistas de todo tipo y llegaron unos de Ecuador a vender unas yerbas mágicas”, relató Morales.
Estimó que vendieron más de un millón de dólares en el producto y eventualmente se descubrió que era una mezcla de unas “raíces con cortisona” que en nada neutralizaban el sida.
Además de las curas maravillosas, surgieron “usurpadores” que compraron seguros de vida a pacientes necesitados de dinero para procurar atención médica.
“Endósame tu seguro a mi nombre y te doy $300,000” llegó a ser una de estas propuestas inescrupulosas para beneficiarse de seguros de coberturas triplemente más altas de lo pagado.
A 30 años de aquellos días de incertidumbre, Morales reveló que otras experiencias deplorables se produjeron en los propios hospitales, donde los reparos administrativos para admitir a pacientes de sida tuvieron sus extremos como aislar en cuartos con acondicionador de aire desconectado o “dañado” a esos “enfermos contagiosos”.
PUERTO RICO PIONERO
Al margen de los desaciertos en medio del caos cuando no se tenían medicamentos como los retrovirales que comenzaron a estabilizar a los pacientes, Puerto Rico estuvo a la vanguardia de iniciativas acertadas, destacó el doctor Morales.
Recalcó que en el país se realizaron investigaciones importantes, además se crearon a partir de 1990 centros de tratamiento de VIH por iniciativa del doctor Johnny Rullán.
Morales dijo que las entidades creadas por Rullán, que hoy son los Centros de Inmunología que siguen en operación sirviendo a la población con VIH y sida, son parte de un modelo boricua que ha sido implantado con éxito en otros países.
La doctora Carmen Zorrilla, por su parte, destacó que Puerto Rico fue pionero en estudios de mujeres embarazadas con AZT. “Aquí demostramos que el tratamiento reduce la transmisión de madre a infante”.
Gracias a investigaciones en la Isla, se estableció un protocolo, temprano en los ochenta, que permitió evitar que los bebés se infectaran al nacer, destacó.
“El estudio también obligó a cambiar las regulaciones de la FDA porque antes de eso ninguna mujer en edad reproductiva podía participar en este tipo de estudios”, dijo Zorrilla.
Sin embargo, entonces, “solo participando en estudios podías tener opción a drogas (que quizás alargarían tu vida) y el activismo logró que el FDA cambiara su reglamentación”, recordó.
Antes de ese estudio uno de cada cuatro bebés se infectaba con VIH, pero hoy es menos del uno por ciento. El estudio lo pararon a mitad porque la droga (AZT) fue tan eficaz en frenar la transmisión que no se tuvo que prolongar”, recordó.
“La isla fue la primera jurisdicción que cambió su política pública a raíz de esos resultados. Desde entonces, toda mujer con VIH recibe tratamiento con AZT gratuitamente”, concluyó Zorrilla.
SEGUIMOS A LA VANGUARDIA
El infectólogo Javier Morales, por su parte, reveló que seguimos a la vanguardia en investigaciones sobre VIH y sida.
Adelantó que Clinical Research Puerto Rico espera participar en un estudio centrado en un limitado sector de la población mundial que no tiene receptores para el virus.
El estudio aspira a lograr un cambio en la genética de los linfocitos CD4 que al reproducirse surgirían sin los receptores del virus. Eventualmente, una reinyección de esos linfocitos genéticamente modificados podrían conducir al logro pleno de combatir el sida.
Sólo el tiempo dirá si, como ha sido el patrón positivo de Puerto Rico en términos investigativos, la Isla figurará entre los países que aportaran a culminar uno de los mayores desafíos de la humanidad en tiempos recientes.

