Pablo A. Jiménez
15-Mar-2008

Evangelio y violencia

Jesús de Nazaret nació en un país ocupado por el ejército del Imperio Romano. Toda su vida transcurrió bajo la amenaza que representaban los soldados extranjeros.

El ejército romano estaba organizado en legiones que, durante la época del temprano imperio, tenían un número aproximado de 5,000 soldados regulares y 5,000 más en las tropas auxiliares, para un total de 10,000. La legión asignada al territorio que hoy llamamos Palestina era la Décima (Fretensis). Aunque algunos de sus efectivos estaban desparramados por todo el territorio, la mayor parte de los soldados se encontraba en la ciudad de Cesarea del Mar, donde también vivía el gobernador militar.

La Legión Décima viajaba a la ciudad de Jerusalén varias veces al año, particularmente en tiempos de fiestas patrias y religiosas. La fiesta más importante que celebraban los judíos cada año era la Pascua, donde el pueblo recordaba su liberación del yugo opresor de los egipcios. En esta fiesta patria el pueblo judío celebraba su independencia, una independencia dada por Dios mismo de manera milagrosa.

Los romanos acostumbraban llegar a Jerusalén el primer día de la fiesta de la Pascua, es decir, el domingo. Entraban a la ciudad por el este, con toda la pompa que caracteriza sus desfiles militares. Primero entraban los portaestandartes, seguidos por los caballeros, después las tropas regulares y, finalmente, las auxiliares. El desfile tenía la intención de intimidar a los judíos que desearan aprovechar la fiesta patria para exhortar a sus compatriotas a rebelarse contra el yugo romano.

La Biblia enseña que Jesús de Nazaret hizo su “entrada triunfal” a Jerusalén el domingo cuando comenzaba la semana de la Pascua. Sí, Jesús entró a la Ciudad Santa el mismo día cuando los romanos hacían su desfile militar. El contraste no puede ser mayor. Por el este, llegan miles de militares, desfilando con armas en las manos y recordándole a la gente que estaban prestos a matar a quienes se rebelaran contra el Imperio. Por el oeste, llega Jesús, sentado sobre un asno, en plena paz. Un puñado de seguidores le reciben con ramas de árboles y de palmas en sus manos. Su única arma es un discurso que anunciaba la llegada del reino de Dios.

Los romanos pronto comprendieron que Jesús estaba haciendo una demostración política y religiosa en contra de la ocupación militar. También comprendieron que su mensaje era subversivo, pues exhortaba al pueblo a serle fiel a otro Señor -el Dios de Israel- y a otro Imperio: el reino de Dios. Pocos días después, Jesús colgaba de una cruz, asesinado por los romanos que le condenaron a muerte por sedicioso.

Yo creo que Jesús de Nazaret es el hijo de Dios, el Señor y el Salvador del mundo. Sin embargo, no es necesario afirmar la divinidad de Jesús para reconocer la importancia de su sacrificio. Este predicador carismático confrontó a quienes usaban el asesinato, la represión y la intimidación como armas para retener el poder. Jesús afirmó el valor de la paz, del amor y de la búsqueda de la justicia. Enfrentó a los romanos sólo con el poder de su palabra. Murió rogando por la salvación de todo el mundo, hasta de los soldados que le mataban colgándole de una cruz.

Dos desfiles, uno dedicado a la muerte y otro a la vida. Dos desfiles que nos llaman a tomar una decisión. La entrada triunfal de Jesús nos desafía a tomar partido por la vida. Su mensaje tiene vigencia, ya que nosotros vivimos en una sociedad asediada por la guerra, por la violencia institucional y por el crimen. El sacrificio de Jesús nos sigue llamando a la justicia y a la paz.

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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.

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