17-Mar-2008
Mahler, el Vaticano y Dios…
Hace unas semanas titulé una nota del Festival Casals con una cita que bien podría haberle costado la ex comunión a su autora… La tarde del domingo la vi y me dijo que no, que la Iglesia aun no se había pronunciado al respecto y me sentí en paz. Me imagino que los señores del Vaticano -y de cada una de sus sucursales alrededor del mundo- andan muy ocupados en estos días con el lanzamiento de su nueva edición ampliada de los pecados capitales, mientras encuentran la manera de explicar cómo es que ellos –tan santos ellos, tan buenos ellos, tan humildes ellos- están al margen del que condena a las llamas del infierno el “enriquecimiento excesivo”.
Vuelvo a la cita: me la dio Ilca López, la mezzo soprano, en la víspera de su participación como solista en el Festival Casals. “Mahler es el único dios en el que creo”. La frase surgió al comienzo de la entrevista y me sacudió, no por mi fe (¿cuál?) sino por su elocuente espontaneidad y también por su carga metafórica para sintetizar las razones por las que la música es una de mis grades pasiones.
Este domingo recordé las palabras de Ilca en dos ocasiones, la primera, cuando la saludé en el vestíbulo del Teatro de la UPR; la segunda, poco después, mientras escuchaba la sinfonía de la “Resurrección”, de Gustav Mahler, obra única del programa con el que bajó el telón del Casals en una tarde de profundas resonancias emotivas, con la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolivar, el Coro de la UPR y Coralia, y las cantantes Magda Nieves y Hadar Halevy.
Nada de lo que se pueda escribir -ya lo intentará Luis Hernández Mergal con su siempre iluminadora vocación crítica- puede dar cuenta en toda su dimensión de lo que sucedió en ese concierto. Cualquier palabra, cualquier adjetivo serán apenas un atisbo muy humano de lo sobrenatural que esa experiencia musical, especialmente la última media hora –más aun los diez minutos finales- cuando voces e instrumentos abrieron fugazmente un pasaje hacia lo que de inefable tiene la vida.
Más que la grandilocuencia sonora de esos momentos –pródigos, por supuesto, en una pirotecnia orquestal cuya exuberancia es pretexto irresistible para el aplauso y el grito diletantes- la hondura verdadera está en la arquitectura monumental de una obra en la que se manifiesta en todas sus posibilidades la reverencia humana ante los misterios insondables de la Creación.
Gustavo Dudamel –el director venezolano- demostró cabalmente por qué es el nuevo niño mimado del mundo mediático: dirigió de memoria una obra de sobrecogedoras complejidades formales y temáticas y lo hizo no sólo para los músicos, sino también para el público, con reiterados excesos gestuales, como parte de una fórmula que ha probado ser efectiva en su meteórica carrera al estrellato.
En fin, que el centenar y medio de jóvenes integrantes de la “Simón Bolívar” –que demostraron ser magníficos como conjunto, con algunos pecados en lo individual-, las voces preparadas por Carmen Acevedo Lucío –estupendas, como siempre- y las dos solistas regalaron una tarde memorable, un momento luminoso, de esos que nos hacen pensar que la idea de Dios tiene infinidad de lecturas.