13-Abr-2008
El sistema racista
Me sorprende que en estos días, cuando el mundo recuerda el aniversario 40 del asesinato de Martin Luther King, Jr., todavía existan personas que nieguen la existencia del sistema racista que ha dominado el continente americano desde el tiempo de la Conquista.
El sistema racista comenzó temprano en el siglo XV, cuando los portugueses comenzaron a “explorar” las costas de África. Poco a poco se forjó una ideología racista que cuestionaba la plena humanidad de las personas no-blancas. La idea era quedarse con las tierras de las personas “incivilizadas”, quienes eran consideradas inferiores.
A pesar de la influencia de párrocos como Antonio de Montesinos, quien confrontó a los hacendados por explotar a los taínos en La Española en un sermón pronunciado en el 1511, la iglesia fue cómplice del genocidio contra los indígenas y de la esclavización de los africanos. Como indica Luis Rivera Pagán en su libro "Entre la Fe y el Oro", en el 1512 se llevó a cabo una reunión en la ciudad de Burgos, España, para dilucidar un problema “teológico”: la humanidad de los indígenas y de los africanos.
Los teólogos de encargo argumentaban que los indígenas y los africanos no eran seres humanos. Algunos decían que eran humanoides descendientes del mono, mientras los “caucásicos” eran descendientes de Noé, y, por lo tanto, de Adán y de Dios. Otros decían que eran seres humanos con recursos intelectuales limitados, quienes no podían gobernarse a sí mismos. El resultado de esa consulta teológica fue un documento titulado “Las capitulaciones de Burgos”. Allí se afirma la humanidad de los indígenas, pero se les declara inferiores a los europeos. Esta declaración teológica justificó el sistema de encomiendas, que obligaba a los indígenas a trabajar para los hacendados o “encomenderos” a cambio de techo, alimento y enseñanza religiosa.
Por lo tanto, en América ha existido un sistema racista desde el 1512. Por eso todavía existen reservaciones indígenas en Norteamérica, en Centroamérica y en Sudamérica. Por eso se discrimina contra las personas de ascendencia africana en los tres subcontinentes. La abolición de la esclavitud no ha eliminado el odio.
Yo soy nieto de don Lorenzo Rojas, quien era descendiente de esclavos libertos. Sin embargo, mi mamá parecía blanca, tanto que en los Estados Unidos pensaban que era “americana”. Esto me colocó en una posición interesante. La mayor parte de las personas hispanas me consideran “blanco”, lo que les permite bajar la guardia y expresar en voz alta las cosas que no dirían si alguno de mis tíos o primos estuviera presente. Permítanme ofrecer algunos ejemplos:
En Costa Rica, uno de mis estudiantes me preguntó por qué tenía una foto de “un negro” en mi oficina. Le expliqué que era uno de mis tíos, hermano de mi madre. Otro estudiante me preguntó por qué yo asistía a “una iglesia de negros”, ya que en Costa Rica yo asistía a la Iglesia Episcopal “El Buen Pastor,” donde la mayoría de la congregación venía de la provincia de Limón.
En Colombia el hijo de un pastor trató de contarme un chiste, preguntando: “¿Cuál es la diferencia entre un negro y un mico (un mono)?”. Entonces contestó: “¡Ninguna!”
En Buenos Aires una bibliotecaria me pidió que le enseñara una foto de mi esposa. Cuando la vio, se quedó extrañadísima. Segundos después se dibujó una sonrisa en su rostro, y me dijo: “¡Ah! Es brasileña!”
El racismo contra las personas indígenas y de ascendencia africana sigue vivo en América, desde Alaska hasta la Patagonia.
El racismo también puede expresarse entre grupos étnicos y hasta dentro de un mismo grupo. En los Estados Unidos las tensiones raciales son comunes. Hay pandillas de muchachos hispanos que luchan contra pandillas de jóvenes afroamericanos. Se odian sin razón válida alguna. Ese mismo odio se manifiesta en otros contextos, tales como las escuelas, el ejército y los trabajos.
En gran parte, este odio se debe a la ignorancia y al prejuicio. Algunas personas hispanas resienten la pérdida de los privilegios que tenían en sus países de origen, donde eran consideradas “blancas”. Otras personas hispanas provienen de países donde prácticamente no hay descendientes de africanos. Por eso le tienen miedo a los afroamericanos y discriminan contra ellos. Por su parte, muchos afroamericanos nos ven como usurpadores que vamos a quitarle sus lugares de empleo. Por eso nos tratan con recelo y hasta con violencia.
Recuerdo una ocasión cuando fui a una reunión convocada por un teólogo hispano, quien viajó de Boston a Atlanta para una consulta sobre racismo y religión. Cuál no fue nuestra sorpresa cuando enfrentamos el prejuicio de uno de los participantes afroamericanos, quien nos trató con violencia. El hombre nos atacaba porque pensaba que todas las personas hispanas odiaban a las afroamericanas. Sus prejuicios se basaban en la ignorancia.
Las relaciones personales son cruciales para superar estos odios. En uno de mis trabajos en los Estados Unidos un ejecutivo me llamó aparte para indicarme que no me podía dar más dinero para los ministerios hispanos porque “los afroamericanos y los asiáticos” no lo permitían. Días después el ejecutivo llamó al ministro encargado del trabajo con los asiáticos. Cuál no fue su sorpresa cuando nos presentamos los tres encargados de los ministerios étnicos -el afroamericano, el asiático y el hispano- y le indicamos que no nos iba a dividir. Nosotros habíamos decidido trabajar unidos.
Quizás la peor expresión del racismo es el internalizado; el de la persona que odia a los suyos y se odia a sí misma. En la comunidad afroamericana este fenómeno se conoce como “shading”, es decir, el discrimen basado en la intensidad del color de la piel. Por un lado, la mayor parte de los hombres afroamericanos prefieren casarse con mujeres cuya piel sea más clara que la de ellos. Por otro lado, si usted examina la historia reciente, verá que las mujeres afroamericanas que alcanzan el estrellato en Hollywood tienden a ser morenas claras. De hecho, muchas celebridades afroamericanas son producto de relaciones interraciales, como Halle Berry. Ese también es el caso de Barack Obama.
Lo mismo ocurre entre la comunidad hispana y, en particular, entre los pueblos caribeños. Vea la televisión puertorriqueña y notará la escasez de personas de piel oscura. En nuestra política, los líderes como Ernesto Ramos Antonini han sido la excepción.
Repito, el racismo sigue vivo desde Alaska a la Patagonia. Quizás lo más grave es que vive en nuestras mentes y corazones.
Yo rechazo el racismo en sus diversas expresiones y que trato de no caer en ese pecado. También afirmo la importancia de la reconciliación. Sin embargo, reconozco que la reconciliación no es un proceso fácil. No nos podemos reconciliar hasta que comprendamos lo que es el racismo, reconozcamos los privilegios que le da a unos pocos y confesemos que hemos pecado al actuar de manera racista.
También reconozco que las heridas que produce el racismo son muy profundas y tardan en sanar. Por eso no debemos atacar a las víctimas del racismo, sino a las personas que se benefician del discrimen.
Hoy le pido a Dios que me perdone por mis actitudes racistas abiertas, solapadas y hasta por las inconscientes. Confieso que he disfrutado de privilegios sobre otras personas, particularmente sobre algunos de mis amigos y familiares. Me solidarizo con el dolor de quienes todavía son marginados y prometo continuar luchando por la reconciliación. Espero que usted considere hacer lo mismo.
¿Qué opina usted? Le invito a ofrecer su opinión, comentando este blog y haciendo un frente amplio para hablar de valores.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.