Mario Alegre Barrios
18-Abr-2008

El Papa y los vicios de construcción

 

Cuando el 19 de abril de 2005 el  alemán Joseph Ratzinger dejó de ser cardenal para convertirse en el nuevo sucesor de Pedro como piedra angular de la Iglesia Católica, no sólo cambió su nombre por el de Benedicto XVI, sino que  heredó una institución en crisis y también el desafío impuesto por la popularidad de su predecesor Juan Pablo II.
De cumpleaños en estos días -el miércoles pasado Ratzinger llegó a los 81 de edad y mañana sábado llegará a los tres como Papa- su visita en curso a Estados Unidos ha hecho patente una vez más un rasgo que lo acompaña desde que fue electo en el primer cónclave de este siglo: su falta de popularidad, su notable lejanía de la feligresía católica en unos tiempos en los que la solidez de la Iglesia sufre una incuestionable erosión, no sólo institucional, sino también en lo que atañe a la fe de sus fieles.
Cada vez es más común que el católico tradicional piense y sienta que puede ser fiel a su fe sin necesidad de cumplir con algunos de los preceptos eclesiásticos que en su momento fueron inviolables. Según una encuesta de 2005 realizada por el sociólogo William D’Antonio y publicada recientemente por el Washington Post, el 58% de los católicos estadounidenses cree que es posible  ser un “buen” católico y hacer caso omiso de las enseñanzas de la Iglesia sobre el aborto. Asimismo, el 65% cree que se puede obviar lo que la Iglesia piensa sobre el divorcio y casarse de nuevo. El 65% también cree que se puede ignorar la prohibición sobre el control de la natalidad y el 75% piensa que no es necesario ir a la iglesia cada semana.
Si bien es cierto que la polémica ha sido algo usual en la vida de la Iglesia desde hace más de dos mil años y estas estadísticas no son catastróficas, es verdad también que esta institución se ha puesto incuestionablemente obsoleta, con unos vicios de construcción cuyos síntomas son cada día más evidentes, atados a su naturaleza inexorablemente radical que, ya en el siglo 21, cancela sumariamente toda inquietud democrática -sólo el Papa y su infalibilidad-, niega sistemáticamente a las mujeres la igualdad dentro de su estructura, condena el control de la natalidad por cualquier otro medio que no sea el que el Sumo Pontífice acepta, y  también -por si fuera poco- ha sido patéticamente tolerante con la legión de pederastas que han arruinado miles de vidas -vidas únicas en la acepción más profunda del concepto- con el nombre de Dios en los labios.
Aunque este último es un pecado capital de la Iglesia que de ninguna manera es nuevo, es innegable que la sociedad contemporánea ha estado menos dispuesta a tolerarlo y lo ha añadido a la larga lista de razones que tiene para reflexionar -algo que se hace con la razón- sobre a qué le dedica su devoción y su fe.
En este ejercicio, sin duda alguna la Iglesia Católica ha perdido bastante terreno, realidad que no llegó con Ratzinger y que Juan Pablo II también vivió, con la enorme diferencia de que éste tuvo –para millones de personas- un encanto natural, un carisma que supo aprovechar y cultivar a lo largo de decenas de viajes alrededor del mundo, inspirando una simpatía desbordante que al final de sus días se convirtió en compasión.
Benedicto XVI no tiene eso. Jamás lo tendrá. Es por eso que es un Papa que no se conecta con quienes está supuesto a hacerlo: los feligreses, los creyentes que están dejando de creer en la institución que representa y  que tampoco se sienten seducidos por el hombre que es su pastor supremo.
Lisa Miller, del Washington Post, reiteró en una columna reciente lo que es fácil percibir de Benedicto XVI: los sentimientos no son su punto fuerte. “No es sólo su desafortunado rostro lo que ahuyenta a la gente, o su predilección por los aspectos más extravagantes de la moda papal (sombreros antiguos o capas al estilo judicatura), o las décadas en que estuvo como el empleado de Juan Pablo para hacer cumplir la ley”, dice. “Es que Benedicto XVI es, en primer lugar,  un cristiano  creyente, y en segundo lugar, un intelectual, un hombre que muestra sentirse poco cómodo con el escenario global ante la confusión moral sobre  la vida humana y la política”.
Para Miller, Ratzinger -un conservador a ultranza, quizá más que su antecesor- ha vivido con el credo de que Dios es Verdad, con una V mayúscula, que existe antes y fuera de los humanos y de las instituciones y que demanda una obedencia ciega. “Juan Pablo creía en la misma verdad, por supuesto”, dice. “Pero su genialidad estribaba en su capacidad para inspirar y dirigir a mil millones de católicos -con todas sus permutaciones variadas y contradictorias- con su propia humanidad”.
 Es éste quizá el rasgo que de manera más profunda separa al Papa alemán del Papa viajero: la humanidad de cada cual. No importa lo que Ratzinger haga o diga, jamás podrá convencer que se parece a los mortales que, por mandato divino -o por el azar- está llamado a inspirar y a servir. Para muestra un botón: es de dominio público la debilidad -muy humana, por supuesto- que el Sumo Pontífice tienes por las marcas famosas, con un ajuar que incluye mocasines Prada, gafas de sol Serengeti y espejuelos Cartier.
Con estas credenciales, Benedicto XVI no parece ser la solución a la crisis que vive la fe que tiene su sede institucional en el Vaticano. Para los devotos a ultranza esto no plantea ningún problema: que sigan las cosas como están, con Ratzinger o sin él. Para los fieles racionales, paciencia infinita. Quizá con el próximo Papa…

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