La rutina es nociva. Atenta contra la creatividad e impide la reinvención. El salir de ella, aunque sea por un corto periodo de tiempo, permite una óptica más clara de las cosas, la reflexión, la creación y el aprendizaje.
Tanto en el mundo de los negocios como en la vida en general, ese escape momentáneo del día a día permite obtener nuevas perspectivas y buscar soluciones o alternativas a viejos problemas.
Afortunadamente, esos retiros esporádicos también nos permiten apreciar lo que en repetidas ocasiones rechazamos y criticamos.
En este mismo espacio hemos señalado la necesidad de mejorar el servicio al cliente en Puerto Rico tanto en el sector privado como en el gobierno. Como país siempre nos comparamos con otras naciones y nos autoflagelamos cuando en los listados globales salimos por debajo de lo que consideramos aceptable. Cuando salió el ranking del World Economic Forum (WEF), en el área de Turismo en marzo de este año, se resaltó que Puerto Rico ocupó la posición 46 de 130 países.
Si bien se celebró que fuimos la segunda nación en América Latina con la posición más alta, también se desmenuzaron los diversos renglones medidos por el WEF y el hecho de que estábamos en el fondo cuando se trataba de la calidad del recurso humano que trabaja en el sector, acervo cultural y natural.
Lo que me lleva a mi experiencia reciente, en la que salí de la rutina y de Puerto Rico. Regresé a Italia, uno de mis países favoritos. Entre el esplendor de las obras de Miguel Ángel, las ruinas de Pompeya, el pueblo natal de Giacomo Puccini y las impresionantes costas de Sorrento, también me encontré en un ecosistema plagado por fallas en el servicio al cliente.
Aquí en la Isla nos quejamos si algún empleado de la AMA no nos da los buenos días. Pues trate de pedirle los horarios o rutas del tren a un empleado de la estación de Florencia, Italia. Si recibe una respuesta agradable, considérese afortunado.
En la paradisiaca isla de Santorini, Grecia, -buen sitio para uno retirarse- alquilamos una motora. Después de un asombroso recorrido por las legendarias costas, la motora se dañó. Un alma se apiadó de nosotros y llamó al dueño de la tienda de alquiler de motoras, quien a su vez llegó en media hora.
Observé que el individuo, llamado Tony, venía con bujía (“spark plug”) en mano. Primero nos cuestionó qué habíamos hecho con el motor y nos preguntó casi de manera acusatoria si habíamos trasteado con ciertas partes del vehículo.
Tras responder en la negativa, el dueño procedió a cambiar la bujía. Milagrosamente, la motora prendió. Si aquí pasara lo mismo, tal vez nos comeríamos viva a la persona. Allá en Grecia, afortunadamente mi compañera de viaje, hizo lo propio con el dueño de la motora.
No cuento estos relatos con ánimo de justificar nuestras debilidades como pueblo en el área de servicio al cliente. Lo comparto porque siempre es saludable ver cómo otros lugares también tiene mucho espacio para crecer.
Mi punto es que en todos lados se cuecen habas. Nosotros como pueblo debemos mirar esas debilidades en el exterior y trabajar para convertirlas en nuestras fortalezas en casa. En otras palabras competir. Buscar nichos, explotarlos y seguir creciendo.
Sin embargo, estas experiencias tanto en Italia como en Grecia, no opacaron una experiencia sin igual. El viaje fue inolvidable y lleno de historias para llenar esta y otras revistas. Volvería en un instante a cualquiera de los dos países, a disfrutar de su arte, saborear su gastronomía, sus vinos, absorber su cultura y a conversar con su gente.
En Puerto Rico debemos aspirar a mejorar nuestras debilidades y maximizar nuestras fortalezas para seguir desarrollando esa experiencia única que siga atrayendo a los turistas y beneficiando a nuestra economía. Y eso es trabajo de todos. No sólo del gobierno, ni de ciertas empresas. Es responsabilidad del colectivo.
La clave es no dormirnos, ni mucho menos esperar que los gobiernos de turno hagan las cosas por nosotros. Italia no se conformó con su legado histórico para el turismo. Su turismo de viñedos, por ejemplo, le trae a la bota italiana más de 2,500 millones de euros anuales.
Así las cosas, exploremos nichos, nuestro café, nuestras playas, cuevas, montañas, gastronomía y nuestra gente para seguir compitiendo a nivel global y creciendo como pueblo.
Por otro lado y en una nota, tal vez un poco más personal, hoy se cumple un año de que este servidor prácticamente perdiera la vida. Estoy en esta tierra de puro milagro y gracias a Dios y a las oraciones de cientos de personas, incluyendo familiares, colegas, amigos y lectores, hoy sigo formando parte de este medio. Más que un privilegio, es una bendición tener acceso a ustedes, nuestros lectores, para quien trabajamos día a día con pasión.
Gracias por el apoyo brindado.
