El Código de Derecho Canónico de la Iglesia Católica insta al clero y a los fieles a cultivar el diálogo ecuménico con los cristianos de otras denominaciones. Jesús, cuya Verdad ilumina al Código y otros textos suscritos por el magisterio de la Iglesia, sigue clamando que todos seamos uno, como Él y el Padre son uno (Juan).
Así, un mundo aturdido por el poder, el placer y el poseer, creerá en la Buena Nueva de la salvación.
El Planeta Tierra está en crisis; Puerto Rico, no es la excepción. Y, como comenté en el blog ¿Iglesias al garete?, el Evangelio del Cristo atemporal de ayer, hoy y siempre (Hebreos) entraña respuestas y soluciones a las interrogantes y vaivenes de la vida.
Y, a nivel institucional, el diálogo y la cruzada ecuménica por la paz y la justicia que tanto ansía nuestro pueblo debe comenzar por el encuentro sincero del liderato cristiano del País, comprendiendo de una vez y por todas que los celos, las rivalidades, el sectarismo y las divisiones no son frutos del Espíritu, sino de la carne (Gálatas).
Este blog es un buen ejemplo del diálogo ecuménico y, sobre todo, del amor que debe caracterizar a todos los seres humanos que somos hijos de Dios y hermanos de Jesús.
Pudieran comenzar por una reunión de ayuno y oración entre el presidente de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña, Monseñor Rubén González y sus compañeros obispos junto a los reverendos que dirigen las denominaciones Metodista, Discípulos de Cristo, Adventista, Bautista y demás.
Y luego, en una conferencia de prensa, convocar a una vigilia de alabanzas, ayuno, oración y adoración a todos los cristianos del País, en un lugar como los terrenos de El Morro o las escalinatas del Capitolio para dejar escuchar fuerte la voz profética de la Iglesia proclamando la verdad de un Evangelio que denuncia la idolatría al poder, al placer y el poseer, con todo lo que implican en los días en que el hedonismo, el relativismo, el consumismo, el materialismo, el ateísmo, agnosticismo y todos los "ismo" que desee sumar, alejan al hombre de Dios.
Y ese encuentro debe ser matizado por una apertura a reconocer con humildad la necesidad que tenemos como iglesias de clamar el perdón y la misericordia de Dios por lo mucho que hemos dividido y fragmentado el Cuerpo de Cristo y por el miedo a ser una iglesia profética que anuncia la Buena Nueva, denuncia las injusticias y renuncia al pecado, que hoy -más que nunca- es de omisión en muchos sentidos.
Una iglesia que no alza su voz por temor a incomodar a los grandes intereses y a los directivos del estado, es una iglesia que no camina a impulsos del Espíritu Santo.
Después de ese acto de contricción nacional, entonces sepa que usted y yo jamás seremos los mismos. Puerto Rico tampoco. Entienda que no aludo a una utopía, a un sueño ni a una fantasía. Esa es la gran obra que desea implantar en nuestra Patria el Espíritu Santo, que gime al Padre por la paz, la felicidad y la unidad del pueblo puertorriqueño y del mundo entero.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como lo era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. ¡Amén!
