Nunca hemos proclamado la Verdad en este blog desde el balcón de la santidad.
Soy de carne y hueso, pero puedo afirmar que he vivido los días más felices de mi existencia con la Gracia de Dios.
Reflexionando sobre la serie de blogs que el hermano y colega Antolín tituló "Dominio propio", el Espíritu Santo me inquietó a compartir con ustedes una breve reflexión sobre la manera en que he podido, contra viento y marea, ser consecuente en el seguimiento de Cristo.
Primero, debo comenzar por recordar que Jaime Torres Torres y usted, hemos sido (en algunos casos somos) el resultado de las experiencias que nos moldearon durante la niñez, la etapa más crucial en la vida de cada ser humano.
Si creciste en un hogar de padres alcohólicos, seguramente lucharás contra el licor. Si creciste en un hogar de jugadores compulsivos, es posible que esa sea tu pasión dominante. Si fuiste abusado sexualmente, es posible que hoy seas un pederasta. Si te críaste sin tu madre, seguramente serás inestable en las relaciones de amor porque sicológicamente buscas en las novias o esposas a la madre que no tuviste.
Y así puedo mencionar numerosos ejemplos.
Cuando San Pablo reflexiona en la Segunda Carta a los Corintios (capítulo 12) sobre el aguijón que lo abofetea, se refiere a la debilidad o pasión dominante que estremece su cuerpo y voluntad.
Si Pablo, después de conocer a Cristo y consagrar su vida a la proclamación del Evangelio, le pide a Cristo que lo libere del aguijón, qué no sucederá con nosotros que, humildemente, no nos podemos comparar con Pablo.
Yo sé cuál es mi aguijón y lo conozco muy bien. Y también me abofetea y atormenta. Y cuando creo que lo he doblegado, de repente aparece y amenaza con alejarme del camino de la paz.
Y ese aquijón en ocasiones, como lo predicó Pablo a los Romanos (capítulo 7), me lleva a hacer lo que detesto y a no hacer lo que quiero. Y esa es la lucha de los que seguimos a Cristo.
Los que viven de espaldas a su Verdad seguramente son inmunes al pecado y han perdido la noción y la sensación de sus aguijones, que hoy puedes identificar con nombre y apellidos con un sincero examen de conciencia que debe incluir las siguientes preguntas: ¿cómo ha sido tu historia? ¿Tu pasado repercute en el presente de tu vida? ¿Te sientes feliz?
En esa lucha contra mi aguijón, he recibido la misma respuesta que Cristo le ofreció a Pablo: "te basta mi gracia porque mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad". (2 Corintios, 12)
Cuando estamos conscientes de nuestras debilidades, pasiones dominantes o aguijones, comienza verdaderamente el proceso de transformación.
Y, conscientes de los aguijones, reconocemos por los dones del discernimiento y la sabiduría que en el fondo ni somos felices ni hacemos felices a los que nos rodean.
Y si nos acercamos con humildad al Señor, veremos cómo su amor nos redime y libera, colmando nuestros corazones de una paz y un gozo jamás vividos.
Así robusteceremos la fe, que no es otra cosa que la respuesta que hoy (aquí y ahora) le doy a Cristo desde las circunstancias de mi vida. Ante los aguijones de la bebelata, del adulterio, de la idolatría y la mentira, ¿cómo respondo al Señor? Esa es la fe.
Y todavía hay más. Para ser consecuentes en la fe, debemos confiar en la Palabra de Dios. Y en Efesios 6:10, Pablo nos invita a revestirnos de la Armadura de Cristo y de su energía y fuerza para resistir las maniobras del maligno porque "no enfrentamos fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras".
Si te conformas con ser el resultado de lo vivido y si lo vivido no fue bueno por las razones que sean, la ecuación de tu historia y tu aguijón será muerte, porque el pecado engendra muerte.
Tu infelicidad; mentiras, vicios, vanidades, lujurias e idolatrías, Cristo las venció en la Cruz. Y a través de Pablo nos invita a revestirnos de su Armadura, usando su Verdad como cinturón; su Justicia como coraza; su Fe como escudo; su Salvación como casco y su Palabra como espada del Espíritu.
¿Quién contra nosotros?
Por eso el mismo Pablo proclamó también: TODO LO PUEDO EN CRISTO QUE ES MI FORTALEZA.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como lo era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. ¡Amén!
