Planifiqué mis vacaciones en Colorado y le pedí a mi amigo Roberto Padilla, que es muy amigo de Ismael Quintana, que me contactara con él para conocerlo.
Para mí Ismael es uno de los grandes de la historia del género; un pilar de lo que se conoce como salsa gorda.
Padilla lo llamó de su casa y conversé con el. Cinco días antes de viajar lo llamé y él me confirmó que me podía recibir en su casa.

El 16 de julio, después que salí con mi familia de una reserva indígena, lo llamé y me dijo que me recibiría en su casa. Eramos siete: mi esposa, mi hija menor, mi cuñado, su esposa y sus dos hijos.
Demoramos una hora en llegar. Restando diez minutos, lo llamé otra vez y acordamos que nos iba a buscar a un centro comercial cercano.
No tardó cinco minutos. Cuando vi por primera vez a mi cantante favorito me sentí impresionado. Llegó en un Honda, Accord, color champagne. Se bajó y nos abrazamos como puertorriqueños que somos y le presente a mi familia.

Con amabilidad, me dijo dos veces que deseaba que lo acompañáramos a su residencia para que su esposa nos cocinara. Le dije que no, que sólo deseaba conocerlo y entregarle unas fotos y unos DVD de música cubana que Padilla le había preparado.
Salimos hacia su hogar y yo lo acompañé en su carro. Le dije que no lo podía creer, y se reía. Me insistió en lo de la comida y le dije que no. Entonces le pidió de favor a su hijo David que nos comprara pizza, refrescos y cerveza.
Su casa es de madera, parecida a un chalet; es muy humilde, pero bonita. Es como si entraras a un castillo de Disney.
Su esposa nos recibió con cariño. Cuando entramos a su casa, nos llevó a la oficina de Ismael, donde tiene retratos de sus hijos Jessica, David e Ismael Jr. y su colección de maracas, de diversos lugares del mundo.
Hablamos durante 45 minutos. Todo lo que dijo me impresionó. Me aconsejó mucho. Me dijo que viviéramos la vida complacientes con Dios y que trabaje para conseguir las cosas sin hacerle daño a nadie.

Su señora le enseñó a mi esposa las habitaciones y el álbum de fotos del quinceañero de Jessica, a quien le dedicó el disco que grabó con Ricardo Marrero. El me condujo al sótano de su casa, donde tiene su colección de discos. Allí conversamos de la política y la situación de Puerto Rico.
Entonces, Ismael puso los discos que grabó con Eddie Palmieri y hablamos de música. Me enseñó sus fotos con todos los artistas de Fania. Y me dijo que quería mucho a Jerry Masucci, de quien siempre vivirá agradecido porque lo dio a conocer mundialmente y lo complacía en todo.
Nos comimos la pizza y me bebí una cerveza alemana. De repente llegó su hijo David, quien nos invitó al hotel donde trabaja. Toda mi familia lo acompañó, excepto yo.
Yo me quedé con Ismael. Estuvimos solos dos horas y lo miraba, diciéndole a cada rato que no podía creer que yo estuviera a su lado. Y escuchamos sus discos a volumen alto y cada vez que un músico tocaba un solo, Ismael lo identificaba con su nombre.
Hasta se puso de pie, y bailó.
Lo más impactante de nuestro encuentro fueron sus consejos. Ismael, que tiene 70 años, me dijo que los hijos son una bendición.
Y, con tristeza, llegó la hora de retirarnos. Puertorriqueños al fin, la despedida duró como media hora. Ismael no paraba de aconsejarnos.
Jamás olvidaré el 16 de julio de 2008.
Ismael Quintana es un ser humano excepcional; muy bueno y que ama a Ponce y a Puerto Rico. Es loco con los boricuas. Hace poco le escribí una carta agradeciéndole sus atenciones y él me la contestó diciendo que atendernos como lo hizo era su deber.
Ahora tengo un nuevo amigo. Se llama Ismael Quintana y cuando regrese a Puerto Rico, mi deber será atenderlo como un rey.
(Testimonio que el melómano salsero Oscar Velázquez comparte con los usuarios del blog Salseando, tras visitar el hogar del legendario salsero Ismael Quintana en Castle Rocks, Colorado, el 16 de julio de 2008.)
