En el 1999, cuando mi hija mayor tenía dos años, yo acepté un nombramiento como Pastor Nacional para Ministerios Hispanos de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en los Estados Unidos y Canadá. Esto cambió nuestras vidas. Por seis años serví en un puesto que me obligaba a viajar más de tres meses de cada año, trabajando largas horas casi todos los días.
Mi primer evento como Pastor Nacional electo fue oficiar la Cena del Señor -el ritual que otras confesiones cristianas llaman la Santa Eucaristía o la Santa Comunión- en una asamblea donde había más de 4,000 delegados y delegadas presentes. Mi hija estaba allí, observando este evento tan extraordinario.
Paola, quien siempre ha sido observadora e inquisitiva, pronto comenzó a preguntarme detalles sobre mi trabajo. Al principio eran preguntas sencillas: “¿Dónde estabas? ¿Cómo se llamaba el hotel? Y, ¿cuál era el color del auto que alquilaste?”. Pero pronto, sus preguntas se volvieron mucho más complejas: “¿Por qué viene tanta gente a casa? ¿Por qué viajas tanto? ¿Por qué hablas ante tanta gente?”.
Como Paola no podía comprender mi título oficial, traté de contestar sus preguntas con palabras que ella conocía, pues eran de uso común en la escuelita maternal a la que asistía dos veces a la semana. “Yo soy el líder”, respondí. “Viajo para visitar pastores e iglesias. Me invitan a hablar porque yo soy el líder”.
Claro está, en lugar de calmar sus inquietudes, mis respuestas sólo incitaron más preguntas: “¿La gente siempre tiene que hacer todo lo que tú dices?”. “No”, le respondí. “Los líderes no viven para mandar, sino para servir”. Mi respuesta sacudió a Paola. En su mente infantil, ella pensaba que los líderes vivían para ser servidos, como los reyes y como las princesas de la televisión. La idea de dirigir para servir a los demás era novedosa.
Tuve que explicarle que nuestro modelo de liderazgo era Jesús de Nazaret, quien vivió para servir, no para ser servido. Tuve que explicarle que el liderazgo no trae fama y fortuna. Tuve que explicarle que el liderazgo -en la perspectiva cristiana- era muy distinto al de los reyes que abundan en las películas infantiles.
Lo más difícil fue explicarle que el liderazgo no es hereditario. El que yo fuera líder no implicaba que ella era la heredera al trono. “Yo soy líder por un tiempo, pero en algún momento le tocará a otra persona el turno de ser líder. Quizás en el futuro tú serás líder, pero tendrás que ganártelo trabajando”, expliqué. Esta fue la respuesta más dolorosa para Paola, pues implicaba que ella no era una princesita.
Paola también aprendió que el liderazgo implica dolor. Muchas veces me vio triste, pensativo o enojado. En ocasiones, tuve que explicarle que viajaba para participar en un entierro o para ayudar a una persona o a una congregación a lidiar con algún problema.
En febrero del 2005, Paola tenía una actividad especial de las Niñas Escuchas. Mi esposa me había pedido que separara la fecha con tres meses de antelación. Ella me necesitaba en casa. Sin embargo, esa misma semana se desató una amarga crisis en una congregación y tuve que viajar para mediar en el conflicto. Paola se sintió muy triste y mi esposa muy defraudada. Esa fue la gota que colmó la copa. Pocos meses después renuncié para tomar un ministerio que me permitiera pasar más tiempo en casa, con mi esposa y mis dos niñas. “Ya no voy a ser el líder; ahora le toca el turno a otra persona”, le dije a Paola. “OK”, contestó. Nuestras conversaciones sobre el significado y las características del liderazgo habían dado fruto. Había aprendido que los líderes verdaderos no se aferran al liderazgo.
Han pasado los años y ahora vivo en Puerto Rico, donde sirvo como pastor de una congregación protestante. Nuestras vidas han cambiado. Ya no viajo tanto y ya no paso tanto tiempo fuera de casa. Pero las conversaciones con Paola continúan, con preguntas aún más sofisticadas. Hace un par de meses me preguntó: “¿Cuál es tu meta en la vida?”. Yo miré a mi hija ahora preadolescente y, después de pensarlo un poco, le respondí: “Bendecir a la mayor cantidad de personas que pueda antes de morir”. Paola sonrió y me dijo: “Esa es una buena filosofía de vida”.
Explicarle a mi hija el significado y los principios del liderazgo me ayudó a pensar sobre el tema y a clarificar mis valores. En nuestro proceso de diálogo, yo he sido tanto su alumno como su maestro. Eso me da esperanza, pues si una niña puede aprender el significado del liderazgo verdadero, quizás quienes servimos como líderes políticos, cívicos y religiosos podemos aprenderlo también.
¿Qué cree usted? Le invito a que ofrezca su opinión sobre este tema, comentando este blog y haciendo un frente amplio para hablar de valores.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.
