Pablo A. Jiménez
05-Sep-2008

11 de septiembre de 2001

En el 2001 yo vivía en la ciudad de Indianápolis, capital del estado de Indiana. El 11 de septiembre comenzó como un martes común y corriente. Por lo regular, yo descansaba los martes en la mañana. Mi plan para el día era sencillo: llevar a Paola, mi hija mayor, al programa preescolar de la Iglesia Bautista del barrio; pasar la mañana junto a mi esposa; ir temprano en la tarde a comprar un libro; ir a la oficina; e ir al aeropuerto a buscar a uno de mis mentores, junto al cual iba a grabar un vídeo educativo al día siguiente.

Tan pronto me levanté, sintonicé las noticias, un mal hábito que todavía cultivo. Sonreí al ver que la noticia principal del día era el retorno de Michael Jordan al baloncesto. Apagué el televisor, confiado en que el día no había traído novedades. Mi esposa se ofreció a llevar a Paola al programa preescolar. Tan pronto ellas se fueron, volví a encender el televisor. Esta vez las imágenes eran distintas. En lugar de ver a Matt Lauer hablando con Jordan, escuché a Katie Couric comentando un extraño incidente: un avión se había estrellado contra una de las torres del World Trade Center.

Mi esposa llegó y me sugirió que tratara de dormir un poco más, pues el día iba a ser largo. Yo comencé a explicarle lo que había visto en la tele, cuando el segundo avión se estrelló contra la otra torre. Glorimar y yo nos quedamos en silencio. Poco tiempo después las noticias transmitieron la reacción de un sorprendido presidente Bush, quien se encontraba visitando una escuela elemental en el sur de los Estados Unidos.

En aquel tiempo mi trabajo era supervisar las iglesias hispanas de mi denominación en los Estados Unidos y Canadá. Por lo tanto, mi primera reacción fue llamar a los líderes de nuestras congregaciones en el noreste de los Estados Unidos. Por alguna razón, ellos podían comunicarse conmigo, pero no podían hablar entre sí. Las llamadas de Nueva York no entraban a Nueva Jersey. La gente me llamaba para darme mensajes para sus seres queridos, y yo trataba de encontrarlos.

Las noticias anunciaron que todos los vuelos estaban suspendidos y que centenares de aviones aterrizarían en los aeropuertos más cercanos, en lugar de llegar a sus respectivos destinos. Llamé al colega que venía para grabar el vídeo educativo y cancelamos la grabación. Recibí una llamada de un ministro retirado que se había quedado varado en Los Ángeles. Hablé con su esposa quien, por ser maestra de escuela, estaba bajo “lockdown”: nadie podía entrar ni salir del edificio.

El día empeoró. Otro avión se estrelló contra el edificio del Pentágono. Estaba viajando tan bajito que una de nuestras pastoras -quien trabajaba secularmente en el séptimo piso del edificio del Seguro Social- vio el avión pasar por el lado de su ventana y pudo ver los rostros de algunos de los pasajeros.

El presidente Bush viajó a una base militar en el noroeste de los Estados Unidos, desde donde transmitió una accidentada conferencia de prensa. Pronto se supo la razón de su huida. Otro avión se dirigía a estrellarse contra la Casa Blanca, pero los pasajeros se revelaron contra los terroristas y el avión cayó en un campo de Pensilvania. Otros rumores circularon en la prensa, indicando que terroristas habían sido asesinados en los aeropuertos de Cleveland y Chicago, pero después fueron desmentidos. En Indianápolis, los negocios del centro de la ciudad cerraron temprano, temerosos de que otros aviones se estrellaran contra los edificios más altos del estado.

Tarde en la noche, mis temores más grandes se confirmaron. Varias personas relacionadas con nuestras iglesias hispanas en Nueva York habían fallecido en las Torres Gemelas. Entre ellas se destacaron tres hombres jóvenes. Dos eran cocineros en el restaurante Windows of the World y miembros de una de nuestras congregaciones. El tercero era hijo de una hermana que asistía a otra de nuestras congregaciones. Éste era un guardia de seguridad que estaba libre ese día, pero había ido a cobrar su salario. Tan pronto escuchó el impacto, comenzó a sacar gente del edificio, salvando la vida de varias personas, incluyendo la de una amiga de su familia. Después que la dejó a salvo en la acera, José entró por última vez al edificio, que se le derrumbó encima.

El espacio no me deja narrar el resto de las historias de ese día interminable. Como la del pastor que no pudo entrar a su apartamento por varios días, la joven que salvó su vida por levantarse tarde para ir al trabajo y la pareja que vio las torres caer desde la costa de Nueva Jersey.

En octubre de 2001 tuve el privilegio de predicar el sermón memorial donde recordamos a las personas que murieron en las Torres Gemelas, especialmente a los nuestros. En ese sermón advertí a la audiencia que el deseo de venganza llevaría a los Estados Unidos a una guerra regional donde morirían decenas de miles de personas. Lamentablemente, esa profecía se cumplió. Al final del servicio, el padre de uno de los hombres caídos me dio las gracias por recordar a su hijo, cuyo cuerpo jamás fue recuperado.

Yo nunca olvidaré los sucesos del 11 de septiembre de 2001. Espero que el mundo recuerde estos eventos con respeto y que la humanidad se comprometa a evitar su repetición.

¿Cuál es su opinión sobre este tema? Le invito a comentar este blog y a hacer un frente amplio para hablar sobre valores.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.

sobre el autor

Pablo A. Jiménez

El Dr. Pablo A. Jiménez Rojas es un ministro ordenado de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) [ICDC]. Nacido en la ciudad de Nueva York, se ...

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