Alguien dijo que todo el año es Navidad y yo he descubierto el rostro de Cristo en los pesebres de los semejantes que sufren.
En el preso; en el envejeciente que no reconoce a sus seres queridos por el alzheimer; en el desempleado; en el joven que pide limosna en el semáforo; en el enfermo que convalece en la habitación fría de un hospital o en el deambulante que descansa debajo del puente o en el banquito de la placita localizada frente a la catedral.
A mis 47 años, Dios me ha revelado su rostro a través de los hermanos que sufren. La teología se queda corta ante el discurso del amor que se derrama a manos llenas en la entrega al prójimo hoy, aquí y ahora, en detalles tan sencillos como visitas, abrazos, palabras de aliento, compañías, ayuda en faenas del hogar y, sobre todo, en la humildad y el desprendimiento del ser que simplemente llega a escuchar a quien carece de personas que lo atiendan y oigan.
He asistido a muchos retiros, pero el de mayor impacto en mi vida no ha necesitado los cuatro días de un cursillo de cristiandad ni los tres días de un Juan XXIII: es el que ocurre cada sábado, entre las 5 p.m. y 7:30 p.m., en el campamento Zarzal de Río Grande, donde se necesitan de otros corazones dispuestos a acompañar al preso en su soledad.
Soy católico e intento perseverar en la fe a través de los sacramentos de la iglesia. Pero cuando más cerca me encuentro de Jesús es justo en la hora en que me lanzo a la misión de contemplar su rostro en las caras del confinado. Siento como si lo comulgara... Por algo Jesús dijo: "porque estuve preso y me viniste a visitar…"
Mientras escribo estas líneas, bajan lágrimas por mi rostro porque Dios le habla a mi corazón y me pide que proclame que el mundo, nuestro Puerto Rico querido, sería mejor si nos negamos a nosotros mismos y nos entregamos a los hermanos solos y olvidados.
Ellos no necesitan que le dediques las 24 horas del día. Una u dos horas de grata compañía son suficientes porque reforzamos su autoestima y se sienten amados. Recuerda: todo ser humano necesita sentirse amado.
Estamos en Navidad y muchos corremos contra el reloj, atrapados en tapones y en filas en los centros comerciales, buscando adquirir cosas para sorprender a seres queridos y también para agradarnos a nosotros mismos.
Eso es bueno, pero tu vida podría adquirir más sentido si regalas lo más preciado de cada ser humano: tu tiempo.
Tu patrono paga por tu tiempo; por las ocho horas que diariamente le dedicas a tu empleo. Nuestros hijos no nos pueden pagar el tiempo que necesitan de nosotros porque no trabajan y nos engañamos pensando que supliendo sus necesidades materiales es suficiente, cuando las carencias del alma no las puede comprar ni pagar el dinero.
En esta Navidad, en que adornamos nuestras casas con guirnaldas y pesebres, te quiero proponer algo: acompáñame, aunque no nos conozcamos personalmente, a visitar a Jesús en el pesebre de la cotidianidad del Puerto Rico de hoy.
Sencillo: hay pesebres como la Casa de Todos, entre Las Piedras y Naguabo, donde niñitas víctimas de maltrato esperan por un abrazo y un par de horas de atención.
Hay pesebres en los hospitales; en los albergues de mujeres maltratadas, en las cárceles; en los semáforos, en los asilos y, posiblemente, en tu propia casa haya uno o tal vez en la residencia de tu vecino inmediato.
Detrás del pesebre de Jesús, gimen los niños que han sido sodomizados; los niños abandonados en basureros; los niños que son maltratados; los niños que no se sienten amados…
Hace unos días me tropecé en una farmacia con una caja de 24 tarjetas de Navidad. La compré y después adquirí una libretita de sellos en el correo.
Cuando visité a mis amigos presos les dije: "aunque estén confinados, ustedes pueden expresar a sus hijos, esposas, madres y demás seres queridos cuánto los aman. Escriban y envíen sus tarjetas".
Entusiasmados, lo hicieron, tanto así que hubo algunos que me dijeron que esas tarjetas (una caja de 24 por sólo $5.99) era su mejor regalo en esta Navidad.
El amor se demuestra en los detalles pequeños.
Puerto Rico, celebremos el cumpleaños de Jesús compartiendo en los pesebres de sus hermanitos más pequeños…
¡Feliz Navidad!
