Rafael Lama
21-Sep-2008

Histórico azote a los mercados

Las pasadas semanas pasarán a los libros de historia como unas de colosal tempestad en Wall Street, el mercado hipotecario y los sistemas financieros del mundo.

En cuestión de días, el Gobierno federal comprometió hasta $200,000 millones para sindicalizar a  Freddie Mac y Fannie Mae, dos de las hipotecarias más grandes de Estados Unidos abatidas por la crisis de préstamos de alto riesgo. Días después, la Reserva Federal optó por no hacer lo mismo con Lehman Brothers, entidad financiera que con $60,000 millones en préstamos incobrables no tuvo más remedio que declararse en bancarrota. La acción  provocó el peor desempeño del índice Dow Jones desde los ataques del 11 de septiembre.

El secretario del Tesoro, Henry Paulson, en un tono un tanto jaquetón, dejó ver que no se utilizaría dinero de los contribuyentes para salvar a Lehman. Pero un día después (el pasado martes en la noche), el mismo Paulson aprobó el préstamo de emergencia de  $85,000 millones para salvar a la aseguradora AIG, citando que la multinacional era demasiado grande para dejarla fracasar. AIG está tan  ligada a tantas firmas alrededor del mundo que su fracaso podría tener repercusiones devastadoras para los sistemas financieros por doquier, coincidieron los expertos. 

Pese a estas medidas de rescate -que se agregan a la movida del Fed en marzo para salvar a Bear Stears con la inyección de $30,000 millones que viabilizó su adquisición por parte de JP Morgan-, sin duda alguna,  la economía y los consumidores pagaremos el precio.

En arroz y habichuelas, los problemas del sector financiero que hoy vivimos se traducen en una gran problemática:  conseguir un préstamo para un hogar, un negocio o incluso para estudiar se nos hará aún más difícil. Esto independientemente de si tenemos buen crédito o no. Y es que la crisis financiera que hoy vivimos emana del fracaso del mercado subprime o de hipotecas de alto riesgo.

Por años, la banca -apoyada por regulación federal- ofreció toda una gama de ofertas para que los consumidores adquirieran su hogar mediante productos financieros flexibles, que hicieron posible que millones de consumidores compraran hogares con los que jamás soñaron.

Pero con tiempos económicos no tan boyantes y clientes que están comenzando a convertirse en morosos al no poder pagar sus hipotecas a tiempo, inició el declive. La regulación que rige  la banca en la otorgación de préstamos se tornó más restrictiva,  el mercado de bienes raíces en Estados Unidos se estancó, bajaron los precios de las casas e incrementaron las ejecuciones hipotecarias.

Inversionistas que habían apostado al mercado hipotecario perdieron miles de millones de dólares y hoy estamos viendo los resultados.  Aunque esto tal vez sea una forma un tanto simplista de resumir una crisis sumamente compleja, no deja de ser una cierta y dura realidad.

Ahora muchos se preguntan, ¿qué nos depara el  futuro?

Pero más allá de preguntarnos qué pasará ahora,  debemos plantear lo que, en efecto, debería pasar.

El Gobierno federal que ahora invierte miles de millones de dólares en rescatar empresas y remendar errores -muchos de los cuales fueron cometidos por mogules que ahora se retiran con cifras millonarias- deben poner en cintura a los responsables de la crisis. Tal vez lo están comenzando a hacer. Los jefes de las fracasadas Freddie Mac y Fannie Mae estaban listos para salir de las instituciones con un paquete de $24 millones hasta que el Gobierno federal les dijo “No way” el pasado lunes.

Pero más allá de eso, las reglas del juego en cuanto a regulación tienen que estar más claras que nunca. La fiscalización mucho más agresiva. Y  los responsables del caos tienen que ser cuestionados y responsabilizados.
En Puerto Rico, el Gobierno federal a través del SEC ha fiscalizado  a la banca agresivamente, y varias de las instituciones financieras del País están inmersas en costosos recómputos financieros para cumplir con la reglamentación. 

De la misma forma, el Gobierno federal debe ahora fiscalizar a esas compañías multimillonarias y a sus directivos, para que rectifiquen lo que ahora el contribuyente estará  pagando, no sólo con sus impuestos, sino con préstamos más caros, menos acceso a capital y una economía en deterioro.

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