Antolín Maldonado-Jaime Torres
19-Sep-2008

Evangelio, amor y justicia

 Por Jaime Torres Torres

 No me canso de repetir que la oración sin acción no le agrada a Dios. Como afirma el apóstol Santiago, es como la sal que ha perdido el sabor o como la fe sin obras: que está muerta.

 En mis andanzas con Jesús de Nazaret, contra viento y marea, he podido fortalecer mi relación con Él a través del apostolado seglar con los confinados.

 Hace alrededor de un año, cuando se me notificó que los sábados debía reportarme a  la redacción me sentí un poco triste porque eso significaba dejar de visitar a los confinados del Campamento Zarzal en Río Grande.

 Pensé: primero es el deber y después la devoción. Y con mi peculiar entusiasmo asumí mi nuevo horario.

 Sin embargo, no imaginé que mi obra con los presos no terminaría allí. En el ínterin, varios de mis amigos han sido liberados y, de regreso a sus comunidades, me han contactado para compartir conmigo la dicha de sentirse libres y tener a su lado a sus seres queridos.

 Hace poco Paquito, que trabaja como plomero,  invitó a mi familia a compartir la mesa de su hogar. Y nos reunimos con su esposa e hijas. No tuvo necesidad de darse un palo para pasarla bien. Escuchamos música, platicamos, cenamos y oramos. El matrimonio de Paquito y Limari es civil. Ahora consideran casarse por la Iglesia y es posible que mi esposa y yo seamos los padrinos.

 Amigo de Buenas Nuevas, no te imaginas la alegría que estremece mi corazón al contemplar a este hombre joven besar a su mujer, cuidar a sus hijas y  proteger su hogar.

 De otro lado, justo esta semana, el Señor me concedió la gracia de saber que Roberto, otro preso que conocí en Zarzal, había regresado a su hogar en Ceiba. En la Navidad de 2006 lo bautizamos en la  cárcel, lo que quiere decir que el muchacho es mi ahijado.

 En una reciente conversación me dijo que los “amigotes” del pasado se le han acercado para ofrecerle dinero. También me confesó que asistió a una entrevista de empleo para trabajar como albañil y que finalmente el ingeniero le indicó que no lo podía contratar porque supo que había sido confinado.

 Así como celebramos la dicha de Paquito, así mismo ya ayudamos a Roberto a soportar los prejuicios del sistema y a convencerlo de que no debe despegar su mirada de la Cruz, donde Jesús derribó la muralla de odio que distanciaba a los judíos de los gentiles, a los pobres de los ricos y a los presos de los libres.

 La obra con los presos (así como en otras instancias apostólicas) no la para nada, ni nadie. Es la obra de Dios y está por encima de todo lo temporal porque es Evangelio de amor que clama justicia y trasciende los barrotes del penal y de los estigmas humanos.

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sobre el autor

Antolín Maldonado-Jaime Torres

Antolín Maldonado

Posee un Bachillerato en Artes con concentración en Comunicación Pública de la Univers...

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