No es la reseña ni la crítica habitual de un concierto más.
Es la expresión que reconoce en la cultura popular un poderoso instrumento para revolucionar conciencias.
Dos décadas después, el discurso del recital "Traigo un pueblo en mi voz", pronunciado por Lucecita Benítez el domingo en la Sala Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré, es capaz de sacudir la siquis colectiva por la contundencia, actualidad, transparencia y urgencia de su mensaje: salvar la Patria es una responsabilidad de todos.
Sí, en aras de informar al País y cuidándonos de no trivializar con el imperdonable desliz de la omisión un evento de singular relevancia en el medio del entretenimiento y la cultura nacional, se debe aclarar que, en la lucha por rescatar y defender los valores y la identidad que nos definen como pueblo, la Voz Nacional contribuye con su canción; este y otros servidores de la prensa escrita con sus impresiones, ustedes con su lectura y el pueblo con su militancia en escenarios como Bellas Artes.
La próxima presentación de "Traigo un pueblo en mi voz" será aquí el sábado 4 de octubre y, ante la convocatoria que la Canción Viva de Luz Esther nos lanza para unirnos como hermanos en la solidaridad y amor para cargar la cruz del Puerto Rico de 2008, lo ideal sería que eventualmente la artista llegue con su discurso al Teatro de la U.P.R. y preferiblemente con una función libre de costo para la gente en un lugar amplio, que pueda albergar multitudes, como el estacionamiento del Hiram Bithorn o los terrenos de El Morro.
En medio del caos político, social y económico que enfrenta el País, la poesía y las melodías de Alberto Cortez, Atahualpa Yupanqui, Daniel Viglietti, Facundo Cabral, Palombo Sánchez, F. Luna, Toro Petrocelli, Rafael Cortijo, El Topo, Alberto Carrión y Juan Antonio Corretjer son miel que endulza la amargura del paladar nacional.
Y es que no hay distancias cuando hay voluntad. Y porque son mineros y payadores perseguidos los obreros de la clase media que, en tiempos del neoliberalismo y la globalización de la economía, se suicidan porque ya no pueden con los aumentos y los impuestos.
Como en "Gurisitos", hay que comenzar a reconstruir la Patria plantando la nueva semilla del amor y la dignidad en nuestros niños, protegiéndoles de los "diablos" de la comodidad, el consumismo y la asimilación.
La solidaria hermandad de los habitantes de un País debe trascender la diversidad étnica y la procedencia geográfica porque después de todo los desastres naturales, las pestes, los colapsos de la bolsa y los males que asfixian a una nación afectan por igual a ricos y pobres, a viejos y niños.
El "le lo lai" es el clamor lastimero del cuatro, la décima y el trovador; parte de un tesoro cultural que, a pesar de la marginación e ignorancia mediática, se multiplica y se vigoriza en el corazón de las nuevas generaciones.
En las manos de un campo que espera por las caricias de sus sembradores hoy hay garantías de agua y pan para saciar la sed y el hambre de mañana. Y aferrarnos pacíficamente a la tierra en que reposarán nuestros restos, repitiendo las letanías del sembrador ausente y celebrando el triunfo agrario, garantiza que en la pesadilla de la explotación de nuestros recursos naturales no se repetirán el despojo de Paseo Caribe y la Reserva Las Picúas en Río Grande.
La esperanza por un nuevo amanecer borincano no se desvanece si tan sólo un instante nos convencemos de nuestro potencial para forjar un Puerto Rico nuevo con honor, trabajo y amor.
Es el reto que retumba conciencia adentro tras el discurso de "Traigo un pueblo en mi voz", y como los versos de Corretjer en "Oubao mohín", es el mejor tributo póstumo a los hijos de la Patria que nos precedieron en el camino de la dignidad nacional, forjada por la nobleza e ingenuidad de nuestros aborígenes; de los jíbaros que fertilizaron con su sudor las plantaciones de la cordillera; de las manos y frentes mulatas desgastadas en los ingenios azucareros y la sabia de moral, martirio, desprendimiento e hidalguía de Betances, Hostos, Albizu y otros patriotas.
