Nunca olvidé esta entrevista que le hice a don Julio Rosado del Valle hace 15 años y que se publicó en El Nuevo Día el domingo 24 de enero de 1993. Así lo recuerdo siempre...
De los mangles que recorría de niño solo queda el recuerdo de ellos imbricado con el de la abuela Colasa, quien se ponía unos pantalones anchísimos, sostenidos por unos tirantes, presta a navegar.
“Entonces nos montábamos en la yola y ella remaba con sorprendente vigor hasta llegar al sitio que considerábamos nuestro, donde me entretenía recogiendo ostras y robándoles algunas perlas”.
Asido a la memoria, balanceándose en los vaivenes del tiempo, Julio Rosado del Valle se nos había tornado de carne y hueso, transformando su propia leyenda en un proceso de transmutacion invertida donde el mito adquiría voz y cuerpo, aderezando con su sonrisa de niño crecido la profundidad de una mirada que a ratos se humedecía.
Fue hace un par de días. El cielo había amanecido plomizo, anunciando la lluvia que a media mañana llegó a Cataño.
Allí, en el breve espacio de su hogar, don Julio desgranó reminiscencias mientras desvanecía -sin proponérselo- su falaz condición de personaje huraño, hermético, inaccesible y arrogante, rasgos adheridos a su imagen de la misma manera irracional como se le cuelgan milagros a los santos: por pura devoción.
A pocos pasos de su hogar natal, en el corazón catañense. don Julio habita -junto a su hijo David- la vieja casona de madera que perteneció a su madre hasta el día de su muerte, estación anualmente insoslayable que comparte con su apartamento en Barcelona donde reside desde 1982.
Susurrantes, las paredes cubren su apolillada desnudez con bocetos y obras a medio camino entre la concepción y la rubrica mientras los pinceles, espátulas y pigmentos aguardan con paciencia jobiana una nueva jornada de trabajo de la mano del llamado “padre de la pintura expresionista del Puerto Rico contemporaneo”, personaje que a setenta anos de distancia mantiene intactas algunas imágenes de aquella infancia junto a sus padres Manuel y Candelaria.
La vocación artística nació con él y el piso del patio de la vieja casona española donde gastó la niñez fue el primer lienzo para sus trazos. Ah”, ante la mirada divertida y orgullosa de doña Candelaria, el niño Julio plasmó las expresiones germinales de una sensibilidad que crecería indomable con el paso de los años hasta tornarse en parte consustancial de su ser.
“Me entretenía dibujando a la gente que vivía en el entorno con una perspectiva primitivamente critica”, rememora don Julio, desprovisto ahora del proverbial bigotazo que acostumbraba portar. “En la barbería de mi padre había unos cuadros de Facundo Figueroa, quien también elaboraba los letreros para los negocios del pueblo. A menudo iba a su casa, a la vera de la playa, para observar cómo pintaba y, sobre todo, recoger los tubitos de pintura que desechaba luego de trabajar. Siempre quedaba algo en ellos y yo los guardaba para aprovechar los restos de pigmento que luego mezclaba con una base de aceite comestible y el betún para lustrar zapatos que mi padre tenia en la barberia. Con tal de tener dinero para comprar otros materiales, el trayecto a la escuela en Bayamón lo hacía a pie, ahorrando lo suficiente para poder pintar mis primeros cuadros que al poco tiempo serían 'expuestos' en la sala de la casa de dona Eugenia Suárez, una señora que enseñaba costura y bordado en el pueblo”.
Inquieto explorador desde entonces, Julio haría también de navegante precoz, embarcado en veleros que el mismo fabricaba con planchas de zinc y cuartones de madera. “Mi madre siempre fue cómplice de mis aventuras”, señala. “Después de que conseguía sacos de harina en la panadería del pueblo, ella me los hervía para quitarles las letras y convertirlos en el velamen de los veleros con los que zarpaba desde Cataño para cruzar la bahía y llegar a San Juan”.
Ya en la Escuela Superior de Bayamón, don Julio tendría en 1944 su primera muestra oficial, exhibición que le abrió las puertas para exponer -un año después- en el Ateneo Puertorriqueño. A esa época se remonta su encuentro con Luis Llorens Torres a través de don Miguel Pou, quien le estaba haciendo un retrato.
“Don Luis me ofreció ayuda para estudiar arte comercial con miras a trabajar en El Imparcial, propuesta que no acepté debido a que no llenaba mis expectativas vocacionales”, explica. “A instancias de mi padre, quien no veía con buenos ojos mis inclinaciones artísticas, había estudiado contabilidad y comenzado a trabajar en la Autoridad de Fuentes Fluviales, en la sección hidrográfica. Luego de cumplir la jornada me recluía a pintar en mi habitación, a escondidas de mi padre y con la complicidad de mi madre, quien me encerraba con candado para evitar que me descubrieran en el 'clandestinaje' pictórico del que incluso fue protagonista al posar para mi cuadro Las lavanderas”.
Esa exposición en el Ateneo tuvo la virtud de abrir nuevos senderos para la trayectoria de don Julio, quien obtuvo entonces una beca para estudiar arte en la Universidad de Puerto Rico mientras celebraba otra muestra en 1946, año en el que se marchó a Nueva York para estudiar con Mario Carreño y el muralista Camilo Egas. “Carreño tuvo una gran influencia en mi proceso formativo”, señala. “Con la certidumbre de que dominaba el color y la composición, me estimuló a estudiar con intensidad los secretos medulares del dibujo hasta dominarlos”.
Consciente de las características que sus detractores le han atribuido, erigiendo a su alrededor un falso halo de misantropía, Julio profesa la certeza de que esos “atributos” respondieron en su germen al reconocimiento que comenzó a ganar en etapas tan tempranas como en 1945, cuando la Universidad le concedió la mencionada beca. “Fue un proceso paulatino alimentado por envidias y rencores injustificados”, reflexiona con un dejo de velada amargura. “Poco a poco se manifestó una actitud aislacionista con la intención de relegarme en el contexto de las artes plásticas puertorriqueñas y lo que más me entristeció en todo ello fue que se engendro entre seres que estaban muy cercanos a mí”.
Luego de un par de anos en la Academia de Bellas Artes de Florencia, Italia -de 1947 a 1948-, donde estudió junto a Josá Antonio Torres Martino, Julio abordó una profusa cadena de exhibiciones en Puerto Rico, Nueva York, Filadelfia y Houston, antes de ser nuevamente distinguido en 1957, en esta ocasión con la beca John Simon Guggenheim, año en el que también participó en la muestra colectiva Artistas de Puerto Rico, celebrada en la Unión Panamericana, en Washington, D.C.
Nombrado Artista Residente de la Universidad de Puerto Rico desde 1954, don Julio inició los sesenta con su presencia artística en la Primera Bienal de México, década señalada por una febril actividad que le permitió difundir su obra en Latinoamérica.
En 1970 retornó a Europa, esta vez en un viaje cargado de profundas connotaciones emotivas. “Mi padre quería ir a Italia para conocer la ciudad donde yo había estudiado”, recuerda. “Luego de varios años, y consciente de la trayectoria que me había labrado en el arte, se me acercó y me dijo: 'Llevamos mucho tiempo viviendo mutuamente de espaldas. Creo que es tiempo de reconciliarnos en ese aspecto. Llévame a conocer esos lugares que antes recorriste'. Para ese entonces ya estaba bastante débil y sólo pudimos llegar a San Sebastián, en España. Con la seguridad de que no soportaría el resto del viaje, nos vimos obligados a regresar a Puerto Rico, donde falleció poco despues... al final tuvimos el gran privilegio de reencontrarnos”.
La década de los setenta seria escenario para la trascendencia continental de la obra de Julio. Alemania, Francia y Yugoslavia se añadirían a la anécdota peregrina de Rosado del Valle que en 1977 tuvo una esplendorosa exposición retrospectiva en el Instituto de Cultura Puertorriqueña.
En ese entonces Samuel B. Cherson describiria a Julio como “un amante de la aventura estética con la meta artística de la exploración y el cambio de rumbo, encontrando al supuestamente 'artista perdido' donde siempre había estado: en su obra”. “Se pretende desconocer, en efecto, que la obra de Rosado ha integrado el folclor, los próceres y el paisaje boricua, del aroma de sus frutos y la gracia de sus mujeres, las reinitas y las buruquenas que pueblan sus campos, las larvas que fertilizan su suelo y el amor familiar por su prole. Quien no vea en todo esto un patriótico canto visual a esta tierra y una expresión artística tan válida como la que más, padece de una ceguera intelectual incurable”, concluía Cherson hace 15 anos con una perspectiva cuya vigencia permanece intacta a pesar del transcurso del tiempo.
Coincidental con una exposición en el Museo de Arte de Ponce, 1982 señala para Julio su mudanza a Barcelona donde, desde entonces, reside varios meses al año. Allá, en su hábitat catalán, Rosado del Valle enfrentaría el amarguisimo episodio de la muerte de su hija Carmencita, quien sucumbió al cáncer a principios de 1990.
Poco después, también su salud se vería seriamente trastornada, condición de la que luce totalmente restablecido.
“La vida me ha propuesto infinidad de pruebas que, contrario a lo que se podría suponer, me han hecho quererla mas. En estos momentos me siento conciliado con todo lo que me ha ocurrido y experimento un enorme deseo de vivir para mi obra y mis hijos David y Margarita. No quiero ser solamente un buen pintor para los puertorriqueños, sino encontrar la resonancia de mi arte en una sensibilidad mas universal”, acota Julio, quien en 1988 expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico y volvió al año siguiente para mostrarnos sus sillas y bicicletas en el Galeria Rojo y Negro.
También en 1989 fue nombrado Artista Residente de la Universidad del Turabo. En marzo, Julio retornara a Barcelona, no sin antes inaugurar -a mediados de febrero- una exposición en la Galería Luigi Marrozzini del Viejo San Juan.
“No puedo permanecer mucho tiempo alejado de mi tierra. En ningún lugar como aquí me fluyen de una manera tan prodigiosa las ideas que plasmo en mi obra. Regresaré a Puerto Rico en el verano o, a más tardar, para la próxima Navidad”, concluye Julio, el de las pupilas brillantes que, mirándonos, habían dejado de vernos, escudriñando, quizás, el pasado en busca de las imágenes de Colasa en el mangle o de Candelaria, la cómplice de su oficio.
