Es curioso: a las pocas horas del anuncio este jueves del nuevo premio Nobel de Literatura los críticos y literatos alrededor del mundo (con Puerto Rico incluido) -en especial los llamados “intelectuales”- se desbordaron en loas al francés Jean-Marie Gustave Le Clézio y repitieron hasta la saciedad la esperada letanía en alabanza a este señor del que muchos apasionados lectores jamás habíamos escuchado una sola palabra.
Una breve e informal encuesta entre amistades con muy respetables hábitos de lectura -tanto en calidad y diversidad como en frecuencia y cantidad- llegó a una frase bastante unánime: “¿quien es Jean-Marie Gustave Le Clézio?”.
Ni uno de esos viejos amigos recordaron haberse topado alguna vez con el nombre de este autor en el lomo de uno de los miles de libros que han marcado el sendero de sus añejos y extensos paseos entre anaqueles de librerías.
Yo tampoco. Este jueves fue la primera vez en 52 años que me topé con su nombre. Quizás algún día lea alguno de sus libros... tal vez no.
Que yo nunca haya leído una obra de Le Clézio -que yo ni siquiera supiese de su existencia- es -desde luego- totalmente irrelevante y tampoco define en lo más mínimo el merecimiento o no de un premio como el Nobel, distinción que -como todo lo humano- no está exento de imperfecciones.
Que varios lectores y escritores a quienes respeto mucho como tales tampoco hubiesen leído jamás a Le Clézio quizá tampoco signifique gran cosa... después de todo la historia de los Nobel literarios es generosa en ejemplos de galardonados que eran unos perfectos desconocidos para el mundo -salvo para unos cuantos miembros de la Academia Sueca- hasta que el premio les dio sus quince minutos de fama.
No tengo los elementos de juicio para juzgar los méritos que tenga la obra del francés para cargar con esta distinción -reconozco mi profunda ignorancia al respecto- de la misma manera que dudo que los tengan muchos de quienes este jueves se desbordaron en elogios hacia él como parte de un discurso cuyo andamiaje principal fue la repetición de sus datos biográficos y la enumeración de su catálogo literario.
¿La razón? Simple: tampoco han leído una sola palabra escrita por Le Clézio y eso es precisamente lo alucinante de la experiencia de todo lo leído y escuchado al respecto este jueves... y de lo que vendrá en los próximos días.
Sin duda, proliferarán los extensos y retóricos ensayos en torno a Le Clézio nacidos con dos propósitos fundamentales. El primero y fundamental: poner de relieve la estatura intelectual de quienes los escriban; el segundo y menos importante: convencer al mundo de las razones que hacen merecedor a este novelista francés de un premio que hace varios años -a mi parecer desde 1999, José Saramago fue el Nobel en 1998- ha dado mas lustre a los premiados que el prestigio que estos -con su nombre y con su obra- han aportado al galardón.
En verdad le pregunto a usted, amigo y amiga que ha llegado hasta aquí: hasta antes de este jueves, ¿sabía realmente quien era Jean-Marie Gustave Le Clézio?
Por mi parte, lo reconozco: ¡qué ignorancia la mía!: no sabía quién es Le Clézio.
