La “información fast food”, según Jacques Delors, es la mayor amenaza a la prensa de Occidente, deteriorada por la “pereza de los periodistas y de los lectores o telespectadores que sólo quieren información instantánea”. Por el contrario, la educación, afirma Delors en la introducción al informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI de la UNESCO, tiene una función esencial en el “desarrollo continuo de la persona y las sociedades, no como un remedio milagroso -el ‘ábrete sésamo’-, sino como una vía para un “desarrollo humano más armonioso, más genuino, para hacer retroceder la pobreza…”
Este plan educativo, propuesto para la integración transformadora, positiva y democrática de las sociedades, es cada vez más una utopía que una realidad.
En nuestra Isla, la información “fast food” criticada por Delors en el campo de las comunicaciones de masas, va de la mano con la educación “fast food” promovida por los proyectos educativos “fast track”.
La oferta de un grado académico en tiempo récord atrae todo tipo de estudiantes. Algunos, engordados por el colesterol de las informaciones con mucha grasa y pocos nutrientes, encuentran en los “cliff notes” (anti-estudio) y en el “copy-cut-paste” de Internet, el “fast lane” para engullir el “fast food” del saber.
Contrariamente a las recomendaciones de Delors, la invitación a tomar un “remedio milagroso” prolifera en detrimento del amor por la lectura y la capacidad de análisis.
En un país donde los términos, como “soberanía”, atraviesan con laxitud por los dientes de tantas gentes, hay mucho más que carestía de trigo: hay una desnutrición que envenena el espíritu.
Quienes apuestan por la educación “fast food” se alimentan de las voces que articulan, para ellos, proyectos de sociedad instantáneos. Uno y otro bando se fían de que la gente copiará, cortará y pegará en sus mentes, los discursos manoseados, sin sustancia, que se venden (y se compran) como un combo agrandado.
n La autora es profesora universitaria y comunicadora.