El turista que, cámara en mano, se adentra en una favela, va buscando los elementos visuales que improvisa la miseria. Para un lente ávido de novedades no puede existir una escenografía más favorable: zaguanes derruidos, callejones sombríos, caligramas de plomo que decoran las tapias a medio construir. Llega allí atraído por las postales que el hampa emite: sucesión de rostros inocentes desdibujados en el humo de la marihuana. Quiere comprobar la veracidad de los rumores. Le urge corroborar si los adolescentes juegan al fútbol con un machete en la espalda y se drogan con heroína durante el recreo. La peregrinación promete pabellón en los fundos de la barbarie, palco en el reino de las tinieblas.
Su paso por el lugar será breve. Permanecer mucho tiempo implicaría empezar a sentir la indigencia como una agresión. El propósito es tomarle los signos vitales a la desigualdad social, no broncearse en dunas de asfalto. Logradas las fotos, contempladas las ceremonias de la escasez, languidece la curiosidad. Misión cumplida. Hora de volver a la tanga y el agua salada, esas hordas están desahuciadas. Otra caipirinha, por favor.
En la lista de las nuevas actividades veraniegas figura la oferta de un pasadía en territorio de sicarios. Hay que reinventar la industria recreacional, diversificar los momentos de esparcimiento. Por eso anda en boga el espectáculo de una humanidad en andrajos. Abajo con los museos y las bellezas naturales: a los arrabales.
Uno no intuirá nunca las razones que estimulan un turismo tan enajenado, tan a salvo de la angustia. En cambio, si adivinará que el viajero sólo extraerá de esa experiencia una familiaridad frívola con el complejo universo de la violencia urbana. De la estancia nada más ha de llevarse una visión exótica de la pobreza, una percepción ficticia de la necesidad. Unos cuantos rasgos y perfiles, un espejo apócrifo donde recrear el rostro mutilado de nuestra indiferencia. O el de nuestro inconfesable desprecio.
n El autor es escritor y estudiante doctoral.