20-Julio-2008 | Por Mayra Montero

Antes que llegue el lunes


Espejitos

H asta ahora, las campañas contra la violencia machista generalmente presentaban a la mujer atribulada, que inspiraba compasión y cuyos moretones alertaban a la sociedad del gran daño que puede causar el maltrato físico y emocional. La nueva campaña del Ministerio de Igualdad de España toma otro rumbo. He visto tres de los anuncios, uno enfocado en los hombres; otro en los niños, y un tercero en las mujeres. Ya no se ven golpeadas, despeinadas ni sufridas. El texto incluye, textualmente, frases como éstas: “Soy como soy. Entro y salgo cuando quiero. No tengo miedo. Visto como yo quiero. Conozco mis derechos... Porque tengo derechos, no se te ocurra levantarme la mano jamás”.


Casualmente, esa campaña era dada a conocer por los días en que este periódico publicaba los insólitos comentarios de Magali Febles, organizadora local del estúpido concurso que hemos padecido todos, y de un diseñador llamado Leonel Lirio. Y los menciono por sus nombres, porque las actitudes machistas y controladoras hay que desenmascararlas así, de frente y con detalle.


Es muy fácil, cuando un sujeto apuñala a su pareja en el pasillo de un hospital, o la tirotea frente a los hijos, rasgarse las vestiduras y tronar contra el bruto que hizo tal salvajada. Pero es que las acciones de ese bruto son reflejo de todo un discurso sexista y arrogante que está presente en los medios, y que se ensaña con la mujeres que muestran cierto grado de independencia, como ha sido en este caso.


Con motivo de que Miss República Dominicana no se puso un vestido de espejitos, sino otro vestido de espejitos, en contra de la voluntad de Febles y Lirio, surgió la siguiente nota, que recorté y analicé palabra por palabra: “Miente y desafía. Su diseñador y promotora no saben qué hacer con la reina rebelde”.


Ah, ¿que no saben? Qué casualidad, tienen exactamente el mismo problemita que han tenido algunos maridos o ex maridos que hoy están en la cárcel o a seis pies bajo tierra, ya que se suicidaron después de acabar con la vida de la mujer a la que consideraban un objeto suyo. Resulta que ellos sentían que esas mujeres mentían y desafiaban. Y llegó el momento en que no supieron qué hacer con la rebelde -reina del hogar, mi reina-, de modo que la eliminaron.


El inefable Lirio, que debe ser un ídem, se puso filosófico y añadió lo siguiente: “Desafiándonos a nosotros, ella se desafía a sí misma”.


¿De verdad? Yo creía que desafiándolos a ustedes, los desafiaba a ustedes y punto. Porque aunque se trate de un concurso cada vez más tonto y desprestigiado, hay 60 ó 70 mujeres que no pueden ser tratadas como mercancía. Están allí por su voluntad, pero nadie tiene derecho a controlarlas. “Visto como quiero”. Así mismo. Si a ella no le gustaron unos espejitos y se inclinó por otros, ¿por qué hay que machacarla, a ver? ¿Por qué decir que miente y desafía, y que ya no saben qué hacer con ella? Lo único que le faltó a esa nota fue este pequeño comentario: “Está necesitando un par de buenas bofetás”. ¿No es cierto que sólo faltó eso?


La dueña de la franquicia también declaró que la miss dominicana se había ido a Venezuela, sin consultarla, y se había sometido a varias cirugías plásticas. Contó de paso la naturaleza de las cirugías, en un gesto de gran altura y sentido ético. Pero miren quién habla. Si aquí nada más ponerles la espantosa corona, las arrastran al cirujano plástico, les rehacen nariz, pómulos, pechos.


En resumen, la desafiante dominicana -lo de mentirosa es el epíteto que usaron para rebajarla, lo cual a nadie le consta- fue la única pincelada interesante de ese certamen que cada vez cae más bajo. A todo ese ambientazo machista, vejatorio y manipulador  -porque nos quieren persuadir de que las mujeres que se rebelan no son de fiar-, hay que añadir que Jerry Springer, con su cara, estuviera “animando” el evento.


¿Pero cómo es posible que nadie dijera nada? Un elemento como ése, que ha puesto a las mujeres a revolcarse medio desnudas en su show; que ha realizado los programas probablemente más degradantes y sexistas que se han visto en la televisión norteamericana, llega allí, tan carcamal y absurdo, con menos gracia que un paraguas, incómodo en una tarima donde las participantes no se están agarrando por los pelos, ni se muerden los brazos, ni se escupen unas a otras.


No encontrarían a nadie mejor, supongo. Van a menos a la velocidad de la luz. Y uno no les haría caso, si no fuera por esa nota que salió y que indigna: ¡el diseñador y la promotora no saben qué hacer con la reina rebelde!
Pues si no saben, que aprendan. Yo creo que de ésta, algo habrán aprendido.


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