El regreso se hizo más fácil, pues extrañaba el caos. Aquella ciudad hostil también era caótica, pero la razón de ser era distinta. Manada de cuerpos caminaban por las avenidas principales creando un enjambre que emitía un murmullo de miles de lenguajes distintos. A pesar del calor asfixiante la familia Reyes-Grant nos acogió con el mejor de los amores. Cada experiencia en el gusano de metal, era única y conforme se acercaban las paradas con su particular geografía, de igual manera se transformaban las caras. La tensión racial acechaba como la humedad y en alguna parada me percaté de un mensaje que decía “niggers are cheap”, seguido de una esvástica.
Posteriormente nos movimos a Delaware, pues nuestro destino era visitar una niña anunciada y bendecida. No hubo necesidad de estrella que nos guiara el paso, el GPS fue suficiente. Distinta la experiencia visual en comparación a Nueva York. En una ocasión desayunamos en un dinner de esos que salen en las películas; durante el suceso esperé a que entrara Samuel Jackson y John Travolta y se tiraran algún parlamento de Pulp Fiction. Lo más que me llamó la atención de todo el viaje fueron unas filas indias de ranuras en la brea a lo largo de los paseos en los expresos. Estas permitían que si alguien tuviese un problema con su auto se tiraba al paseo y las ranuras disminuían la velocidad del auto, de la misma manera si cualquier loco(a) intentaba rebasar el tráfico por el paseo, la iba a pasar mal. Quién sabe, podríamos intentarlo. Gracias a la familia Agosto-Romero por el cariño a pesar de su apretada agenda entre partos vaginales y cesáreas (los primeros en mayores cantidades que las segundas).
Siempre que haya oportunidad es bueno salir y aunque comparamos el aquí con el allá o viceversa, lo que noté fueron distintos cuerpos tratando de echar hacia delante, algunos con ansias de regresar. A mi regreso venía adolorido, no como Cotto, quien venía en el mismo avión… por lo menos.
El autor es escritor y rapero.