Una minivaca tal vez sea el mejor ejemplo de vida sustentable para el hemisferio oeste. En áreas de Australia e Irlanda, científicos han manipulado de forma artificial el mamífero para proveer las necesidades básicas de un hogar suburbano.
Las minivacas cortan el césped y producen siete litros de leche diaria, un tiro considerando el alto precio del líquido. Desde el 2000, estas vacas del tamaño de un pastor alemán han proliferado y usuarios aseguran que son amables con los niños. Son sabrosas y económicas, ya que el precio de la carne también ha incrementado.
Si la idea de ver un niño llorar la pérdida de su mascota mientras la consume en un “hamburger” es aterradora, al menos esta producción casera augura un nuevo recurso para mejorar nuestras economías.
Minimizar los objetos para prolongar las finanzas no es nada nuevo. Estamos cansados de escuchar mini esto o mini lo otro.
Si se avala la alergia que tiene el oeste a lo micro, es difícil pensar que esta práctica será adoptada.
Nos gusta lo grande, lo exagera'o, mansiones ostentosas donde viven nuestros antihéroes. Abrimos virtualmente las puertas de Mariah Carey y hasta olemos el cuero de sus tacos en su mega “walk in closet”.
Dirigimos SUVs como extensiones fálicas. El ex candidato a la presidencia John Edwards suplicó a grupos laborales a desahuciar sus SUVs, pero ni él pudo despedirse de las suyas.
Convencernos de vivir la vida micro, requiere un “downsizing” del ego. Es pensar que nuestras conquistas materiales no son indicativos de quienes somos, algo difícil en una cultura donde desde pequeños nos crían para ser doctores y abogados.
Es imposible imaginar a “soccer moms” ordeñando minivacas cuando pueden comprar la leche en SuperMax. Es la vida diet, la vida instantánea de la cual no nos podemos destetar.
Y en cuanto el mundo se nutre de una ubre, aquí mamamos la súper teta de la presuntuosidad.
El autor es periodista y crítico cultural.