Tras las lluvias del miércoles, me recogí en casa temprano. Razones ajenas a mi voluntad provocaron que saliera esa noche fría y lluviosa.
Transitaba por la avenida Muñoz Rivera, en Hato Rey, repito, en una noche lluviosa, que es sinónimo de pavimento mojado, que es sinónimo de precaución.
Con relativa cautela y sin advertir que a mi lado iba una patrulla de la Policía, me topé con una luz amarilla que, sin pensarlo dos veces, me comí.
¡Error! Par de segundos después las luces azules de la patrulla políciaca y una voz de ultratumba me anunciaban que debía detenerme. Con mi habitual sonrisa di las buenas noches al oficial que de entrada me regañó por haberme rebasado la luz. Manteniendo la sonrisa, le indiqué que había sido un error de mi parte, que no me percaté. Nada de gracia le hice al gendarme, quien con gesto muy duro me pidió los documentos de rigor y se marchó a su patrulla. Media hora después me entregó el boleto.
Con mi habitual sonrisa, le di las buenas noches, claro, no me había percatado de que la multa era por la friolera de $150.00. En ese momento desapareció la habitual sonrisa para dar paso a una sarta de maldiciones.
Compartí mi experiencia con varios amigos y compañeros de trabajo y, para mi sorpresa, la gran mayoría pensaba que la luz amarilla se podía rebasar, siempre y cuando se hiciera con cautela.
¡No! Ni se le ocurra. Nunca ha estado permitido rebasar la luz amarilla. Ni con la vieja ley (141) ni con la nueva (22). Lo que sí cambió con la nueva ley son las penalidades.
Antes por la falta se pagaba $15.00 y ahora nada más y nada menos que $150.00. Parece mentira. Yo que lo único que he hecho en los últimos meses es ahorrar, en menos de cinco minutos le regalé al Gobierno $150.00. Qué generosa soy.
Desde ese día estoy que hasta la luz verde la paso con cuidado.
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