A menos de un mes de las elecciones, la calidad del debate en las campañas electorales está bajando dramáticamente. Tanto en los Estados Unidos como en Puerto Rico algunas de las personas que aspiran a puestos electivos han probado que están dispuestas a decir o a hacer cualquier cosa para ganar.
Mientras la economía mundial pasa por su momento más peligroso desde la Gran Depresión ocurrida en la década del 1930, algunos políticos se han dedicado a insultar a sus oponentes, a hacer acusaciones falsas y a crear cortinas de humo para ocultar sus muchos defectos.
En Puerto Rico, el proceso electoral está en pleno apogeo. Algunos de nosotros, morbosamente por cierto, sintonizamos las noticias mañaneras para ver qué nueva barbaridad ha dicho tal o cual candidato. En los Estados Unidos, John McCain y Barack Obama se mantienen relativamente calmados mientras sus representantes se dedican a lanzar fango en diferentes foros.
La tradición estadounidense es dejar los ataques más bajos a los candidatos a la vicepresidencia. Eso explica por qué un personaje como Spiro Agnew llegó a la vicepresidencia, sólo para renunciar en desgracia. Empero, este año la dinámica ha sido diferente. Mientras Joe Biden, conocido en el pasado por su animosidad, se ha mantenido en relativa calma (en parte debido a la muerte de su suegra), hasta ahora la candidata republicana, Sarah Palin, ha lanzado los ataques más rudos de la campaña. Pero lo único que podemos esperar es un aumento de ataques personales de parte y parte.
Ante esta situación, las preguntas que vienen a mi mente son sencillas: ¿Qué precio están dispuestos los políticos a pagar para ganar? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? ¿Qué están dispuestos a sacrificar con tal de obtener una victoria?
Quizás suene ingenuo, pero yo creo que nuestros líderes políticos no deben rebajarse, sacrificando su dignidad, para alcanzar un puesto electivo. Creo que cuando una persona miente a sabiendas, mancha tanto su carrera como su alma. Creo que la mentira habitual destruye el carácter y el alma del ser humano.
Yo creo en la dignidad, en la verdad y en el honor. Y creo que las personas que aspiran a puestos de liderazgo no deben sacrificar su honestidad. Creo que es mejor perder con dignidad que ganar a cualquier costo. Y creo que las personas que cultivan la mentira -aunque alcancen éxito electoral- nunca podrán ser líderes efectivos.
Como cristiano, creo que la verdad no es un concepto, sino una relación. La verdad no es una colección de ideas, sino una persona. De acuerdo con el Evangelio según San Juan, Jesús de Nazaret dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es por mi” (Jn. 14:6).
Para una persona cristiana, la mentira es un ídolo que se opone al Dios verdadero, quien no sólo es el autor y sustentador de la verdad sino la verdad misma. Por eso, la práctica habitual de la mentira es un acto anticristiano, que aleja al ser humano de Dios.
Por eso, exhorto a nuestros líderes políticos a tomar el camino de la verdad. No manchen sus carreras y sus almas lanzando lodo; no sacrifiquen su dignidad y su honor; y, sobre todas las cosas, no adoren al ídolo de la mentira en el altar de la falsedad.
¿Qué cree usted? Le invito a que ofrezca su opinión sobre este tema, comentando este blog y haciendo un frente amplio para hablar de valores.
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Yo nunca olvidaré los sucesos del 11 de septiembre del 2001.
En el municipio de Dorado existe una grave crisis en el abastecimiento de agua.
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La persona que tiene una niñez horrible sufre las consecuencias durante toda su vida.
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Jeffrey creció al amparo de la fe cristiana. El joven había hecho carrera militar, entrando al Ejército en el 1995, cuando tenía apenas 18 años.
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