Recientemente, tuve la oportunidad de hablar con un grupo de mujeres que han sido víctimas de la violencia doméstica. Por razones de seguridad, no daré detalles del encuentro.
El grupo estaba compuesto por cinco mujeres jóvenes, una de las cuales tenía un bebé de cuatro semanas de nacido. Al principio, las mujeres me miraron con sorpresa, con miedo y hasta con recelo. Yo pensé que mi presencia les perturbaba porque yo era el único hombre en el grupo. Por eso, procedí a identificarme como ministro evangélico, pensando que eso aliviaría sus temores.
Sin embargo, minutos después noté que una joven seguía inquieta. Me miraba con una intensidad que rayaba en el terror. Entonces comprendí la fuente de su miedo: ella había sido abusada por un hombre religioso.
Cuando me tocó el turno para hablar, indiqué que la violencia doméstica y el abuso sexual son pecados contra Dios, contra las víctimas y contra la sociedad. Les expliqué que Dios no desea que las mujeres sean insultadas, maltratadas, golpeadas, violadas o asesinadas. Con toda la autoridad que me da la Palabra de Dios, afirmé que cuando ellas fueron abusadas, Dios estaba sufriendo juntamente con ellas. Las dirigí, pues, a la cruz, donde un hombre justo padeció injustamente; donde Jesús de Nazaret fue víctima de violencia. Finalmente, critiqué a los religiosos que avalan y hasta promueven la violencia en el hogar.
Al final de mi charla, la joven que antes me miraba con recelo, ahora me miraba con paz. De repente, me sorprendió pidiendo la palabra. Me contó que había llegado a Puerto Rico del exterior, huyendo de su esposo. Me indicó que se casó llena de ilusiones, después de un noviazgo de ensueño. El extranjero blanco, rubio y de ojos azules tenía mucho dinero y compartía su fervor religioso. Sin embargo, el abuso comenzó durante la luna de miel. Los insultos, dieron paso a empujones y a otros atropellos. La violencia escaló hasta llegar a las palizas y a las amenazas de muerte.
Yo le pregunté qué había hecho la Iglesia por ella. Con tristeza, me indicó que su pastor le había dicho que debía quedarse en la relación abusiva. A pesar de las amenazas de muerte, su pastor le había asegurado que permanecer al lado del abusador era la voluntad de Dios.
Lamentablemente, algunos líderes religiosos no toman en serio los peligros de la violencia doméstica. Empero, cuando uno ha visto mujeres golpeadas, cuando uno ha visitado mujeres hospitalizadas a causa de una paliza y cuando uno ha enterrado mujeres asesinadas por sus parejas, la voluntad de Dios queda clara. Dios desea que la mujer y que la niñez vivan libres de violencia emocional, verbal y física.
Los líderes religiosos que avalan la violencia doméstica son cómplices del abuso. Al exhortar a una mujer a quedarse en una situación de peligro, se convierten en colaboradores al crimen. Sus enseñanzas equivocadas ofenden a Dios y a la sociedad, manchando el mensaje de paz del Evangelio de Jesucristo.
No se deje engañar. Jesucristo, el inocente por excelencia, se identifica con las mujeres que sufren injustamente. No se someta, pues, a la violencia. Dios desea que usted tenga una vida hermosa, fructífera y llena de paz.
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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.
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