Ya no hay la menor duda: Barack Obama será el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, y en noviembre los electores deberán decidir entre él y el republicano John McCain para dirigir al país durante los siguientes cuatro años.
Más allá del momento en el que Hillary Clinton decida aceptar su derrota y convertirse -o no- en candidata a la vicepresidencia de la mano de quien hasta ayer fue su rival, pocas reservas hay en cuanto a que más tarde que temprano ofrecerá públicamente su apoyo a Obama.
La gran pregunta -la enorme pregunta- es: ¿qué tipo de apoyo será?
En esta cuestión descansa buena parte de la fuerza con la que Obama enfrentará desde hoy a John McCain y su maquinaria republicana. Y es precisamente un episodio republicano el que de alguna manera sirve para contextualizar la importancia de la calidad de esa solidaridad de la senadora neoyorquina con su partido, con los votantes demócratas y, por supuesto, con el flamante candidato afroamericano.
La historia se hace vigente y el pasado adquiere súbitamente una incuestionable inmediatez: Gerald Ford murió convencido de que Ronald Reagan -su rival republicano en ruta a la candidatura republicana en 1976- fue el causante de que perdiera las elecciones con Jimmy Carter y no por lo que pudo haber representado el reto de Reagan durante el proceso primarista, sino por lo que éste no hizo por él -por Ford- durante el otoño, en la campaña en ruta a noviembre.
Esta es la gran incógnita ahora: ¿qué papel jugará Clinton ahora que Obama ha asegurado formalmente la candidatura demócrata a la presidencia?
Es evidente que el perfil de esta campaña maratónica para los demócratas tiene muchas reminiscencias de la republicana de hace 32 años.
Ford era entonces el incumbente de manera accidental y sólo porque Nixon fue forzado a renunciar. Para muchos, la nominación de Ford para la reelección parecía segura hasta que Reagan venció en Carolina del Norte... como Clinton en New Hampshire. Reagan logró algunos triunfos más pero no los suficientes y Ford ganó la nominación.
La batalla con Reagan curtió a Ford, quien depuró sus habilidades para el debate, hasta que cometió un error garrafal mientras argumentaba con Carter. Al final, perdió apretadamente las elecciones con el demócrata y se quejó de que Reagan no lo había ayudado lo suficiente.
Claro que Reagan lo apoyó públicamente, pero a regañadientes. En varias ocasiones, durante la campaña hacia el encuentro con Carter en las urnas, Ford le pidió que hiciera campaña por él en algunos estados del sur, pero Reagan se negó aduciendo otros compromisos.
En Mississippi, Carter ganó por menos de 15,000 votos y los analistas consideran que ahí la popularidad de Reagan hubiese revertido el resultado. De la misma manera, un compromiso más manifiesto de Reagan hubiese permitido a Ford concentrarse en Ohio, donde perdió por 11,000 votos. Hay quienes aseguran que de haber triunfado en estos dos estados, Ford hubiese permanecido en la Casa Blanca.
Según rememora Lou Cannon en una columna de The Washington Post, mientras que muchos amigos incondicionales de Ford continúan amargados y resentidos por el comportamiento de Reagan, “Ford, con su generosidad característica, lo perdonó y trabajó incansablemente con él para su elección en 1980. Cuando se le preguntó por qué lo hacía, simplemente contestó que porque Reagan podría ser mejor presidente que Carter”. “Ford nunca se desvió un ápice de esa manera de ser, ni siquiera cuando posteriormente él y Carter se convirtieron en estrechos amigos”, apunta.
Ahora, ante la inminente retirada de Clinton de sus afanes presidenciales, se dice que la campaña de Obama invitará a los principales recaudadores de fondos de ella a que se unan al comité de finanzas nacional del ahora candidato.
Se calcula que el bien conectado equipo de la senadora podría recaudar entre $50 y $75 millones para Obama, y quizá hasta más para el Partido Demócrata. Los principales recaudadores de ambas campañas siempre han dicho que ellos esperan fusionarse detrás del nominado.
Volvemos al principio: Obama será el candidato demócrata a la Casa Blanca. La gran pregunta es: ¿qué clase de aliada será Clinton? ¿Será como Ronald Reagan en 1976 o como Gerald Ford en 1980?
Me parece ilógico participar en el proceso para elegir un candidato por el cual no se puede votar en las elecciones generales.
Los números acorralan a Hillary Clinton.
Bill Clinton ha sido considerado una superestrella del firmamento de la clase política demócrata de Estados Unidos, debido, sobre todo, al éxito de la economía estadounidense durante sus ocho años en la Casa Blanca.
La degradación del jefe de estrategia Mark Penn constituye el segundo remezón fuerte dentro de la campaña de Hillary Clinton, que busca acentuar en las próximas semanas que tiene el impulso para llevar a los demócratas a una victoria en las elecciones generales de noviembre.
Los conflictos que “populares demócratas” han tenido con Harold Ickes y Jeffrey Farrow- vinculados con la precandidatura presidencial de Hillary Clinton-, pueden complicar la posibilidad de que amplios sectores de ese partido se acerquen a la senadora por Nueva York.
El guión de la película ya está casi listo. Clinton versus Obama, en Puerto Rico a finales de mayo, de cara a los caucus demócratas - o primarias si se cambian las normas-, del 1 de junio.
Sectores de la facción popular en el Partido Demócrata de Estados Unidos en Puerto Rico han comenzado a acercarse al comité electoral de la precandidata presidencial Hillary Clinton.
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