Hace unos años, en una reunión familiar, uno de mis tíos se enfrascó en una discusión con mi papá. El tema que les ocupaba era cuál de todos los sobrinos habría de acumular una gran fortuna. Mi papá aseguró que sería uno de mis hermanos, quien tiene una maestría en ingeniería y trabaja para una compañía multinacional. Sin embargo, mi tío contestó: “El que más posibilidad tiene de ser millonario es Pablo, pero nunca va a tener dinero porque tiene valores”.
El comentario fue tan chocante que provocó un gran silencio. De repente, todos los ojos se fijaron en mí, esperando una respuesta. Yo miré con dulzura a mi tío y le dije: “Gracias. Esas son las palabras más lindas que jamás has dicho sobre mí”.
La familia se rió de buena gana, pensando que mi respuesta tenía son de broma. Sin embargo, mi respuesta fue sincera. Agradecí entonces, como agradezco hoy, que mi tío pensara que tengo valores positivos.
Desgraciadamente, la imagen pública de los líderes religiosos está muy deteriorada en nuestro país. Cada vez son más las personas que piensan que los líderes religiosos son personas corruptas que buscan explotar a la gente inocente. Por eso, mucha gente usa el término “reverendo” como un insulto, implicando que “todos los reverendos” son unos “buscones”.
Les ruego que no me malinterpreten. Yo sé que casi todo el mundo tiene una imagen positiva de algún líder religioso en específico, particularmente del párroco, del pastor o de la pastora de la iglesia de su preferencia. También sé que la mayor parte del liderazgo religioso del país está compuesto por gente sincera, que trabaja duro en beneficio del pueblo. El problema no es la visión de una persona en particular, sino la visión de conjunto.
Claro está, la mala imagen de los líderes religiosos se debe a las malas acciones de algunos corruptos. Cada vez que explota otro escándalo, se afecta negativamente la imagen de todo el liderazgo religioso del país. No podemos negar que personas corruptas han usado la religión como parapeto para explotar económicamente, psicológicamente y hasta sexualmente a sus feligreses. Tampoco podemos negar que estos escándalos han ocurrido tanto en el campo católico como en el protestante. Cada nuevo escándalo socava la imagen pública del ministerio y siembra ideas equivocadas en el pueblo.
Les presento, a manera de ejemplo, una anécdota que me ocurrió cuando estaba en proceso de solicitar un préstamo para comprar una casa. La oficial que estaba llenando mi solicitud de préstamo preguntó cuánto era mi ingreso anual. Cuando le di la cifra, me miró extrañada. “¿Eso es todo lo que recoge su iglesia en el año?”, preguntó. “Claro que no”, contesté, procediendo a ofrecer un estimado del ingreso anual de la congregación que pastoreo. Entonces, la joven insistió, preguntando, “Entonces, ¿por qué usted dice que su ingreso es tan poco?” En ese momento comprendí que esta joven, al igual que miles de personas puertorriqueñas, pensaba que los pastores se quedan con todas las ofrendas que recoge la iglesia. “Joven”, le respondí molesto, “yo trabajo, igual que usted, y recibo un salario por mi trabajo, igual que usted”. Procedí, entonces, a explicarle que en la inmensa mayoría de las congregaciones protestantes, un grupo de miembros de la congregación administra las finanzas, contabilizando los ingresos y cubriendo las gastos. Le indiqué que hacemos informes económicos anuales, que son documentos públicos, y que también enviamos estos informes a las oficinas centrales de nuestra denominación. Le indiqué que recibo una compensación que creo justa, pero que es sólo una fracción de los ingresos de la congregación. La joven se quedó sorprendida, y un poco incrédula. Yo salí de su oficina para no volver.
Les confieso que me duele mucho saber que mi vocación me coloca bajo una sombra de duda. Me duele saber que, si bien algunas personas me tratan con respeto, otras piensan que todos los religiosos somos unos corruptos.
Usted podrá pensar que este es un problema de fácil solución. Basta con remover las manzanas podridas. Sin embargo, la realidad es un poco más compleja. Durante un tiempo, tuve la oportunidad de servir como el supervisor de las iglesias de habla hispana de una denominación protestante en los Estados Unidos y Canadá. Les confieso que las tareas más difíciles que enfrenté se relacionaron a la ética, la corrupción y el abuso ministerial. Luché para remover del ministerio activo a dos pastores que, a mi juicio, habían malversado fondos. En ambos casos, sus iglesias se quedaron prácticamente vacías, pues la gente prefería renunciar antes que confrontar al ministro. En ambos casos, los ministros corruptos se rodearon de un pequeño grupo de incondicionales que tenían una fe ciega en ellos. Ambos amenazaron con tomar acción legal si eran removidos de sus puestos. Uno de ellos abandonó la denominación y fundó su propio grupo. El otro, se acogió a una licencia sin sueldo, pero volvió al ministerio activo en los Estados Unidos cuando la denominación no encontró personas dispuestas a testificar en su contra.
Otro elemento a considerar es que algunos de los líderes religiosos que actúan indebidamente padecen de condiciones que afectan su salud mental. Recuerdo con tristeza el caso de un ministro que, después de casi treinta años de servicio ejemplar, comenzó a sufrir de alucinaciones. El hombre escuchaba voces que le ordenaban predicar herejías y cometer actos inmorales. El caballero se negó a recibir ayuda médica o psicológica. Después de una batalla legal, el hombre fue removido de su iglesia. Pocos meses después de haber perdido hasta el respaldo de sus familiares más cercanos, comenzó a deambular hambriento y semidesnudo por la ciudad.
Aunque parece cruel, la única alternativa que le queda a la iglesia y a la sociedad es llamar a capítulo a las personas que actúan de manera ilegal o inmoral. No podemos mostrar tolerancia ante la corrupción. Tenemos que denunciar a los líderes religiosos que usan su influencia para explotar al pueblo inocente y, de ser posible, debemos removerlos del ministerio activo.
Entretanto, todas las personas que laboramos como líderes religiosos tenemos que esforzarnos para servir a Dios con honor, honrando los valores de su reino y recordando las palabras del Apóstol Pablo: “Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).
¿Cuál es su opinión sobre este tema? Le invito a comentar este blog y a hacer un frente amplio para hablar sobre valores.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.
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