Mario Alegre Barrios
Domingo, 11 de Mayo de 2008

La imaginación no basta

La imaginación  más fecunda no basta para acercarse en toda su justa magnitud a la tragedia que viven las víctimas de Nargis, el  ciclón que hace una semana decidió por alguna extraña razón que el sur de la antigua Birmania -hoy Myanmar- necesitaba una desgracia adicional a la que ya tiene desde hace tiempo con la Junta Militar que la gobierna.
La nueva maldición llegó desde el mar, con ráfagas de 120 millas por hora y el coro de inmensas marejadas que convirtieron en una miseria más profunda aún la ya de por sí aguda pobreza de los birmanos de esa región. A golpe de agua y viento el arroz -su bien más preciado- se  esfumó y en su lugar quedaron sembrados miles de cadáveres.
Quienes ahí han estado dicen que la muerte impregna el aire, pero que su olor sólo lo perciben los recién llegados, porque los sobrevivientes ya se han acostumbrado, hambrientos, mojados hasta los huesos, exhaustos de tanto buscar entre los escombros los restos de lo que la vida era para ellos hasta antes de la madrugada del sábado de la semana pasada.
Durante todos estos días, el mundo no ha dejado de mirar esa geografía olvidada de la mano de Dios, esa tierra donde la vida no es nada seria, con unos códigos cifrados en la barbarie de un régimen tan totalitario como retrógrado, cuyas decisiones fundamentales no sólo están subordinadas a la codicia de unos cuantos, sino también a los consejos de charlatanes que aseguran adivinar el futuro.
Cuando en el 2005 la Junta Militar birmana decidió mudar la capital de Yangon -la ciudad más grande del país- a un remoto lugar en las montañas llamado Naypydaw, lo hizo porque uno de esos adivinos pronosticó que en Yangon habría revueltas y desastres.
Y las premoniciones se cumplieron.
Las revueltas se materializaron en septiembre pasado, con el clamor de un pueblo asfixiado por la tiranía. El ejército lo sofocó masacrando  a tiros a quienes iban armados sólo con el reclamo de menos injusticia.
Los desastres llegaron con Nargis, un huracán cuya devastación tuvo como cómplice a la Junta Militar que, 48 horas antes de que el ciclón tocara tierra, recibió una advertencia del servicio de meteorología de la India sobre la severa amenaza que este representaba.
Nada concreto hizo el Gobierno birmano. Algunos tímidos avisos y ninguna evacuación.
La paupérrima infraestructura de ciudades como Labutta, Bogale, Pyapon y Kyaiklat fue destrozada en cuestión de horas. Cuando la calma regresó, lo único seguro era que el próximo censo de Myanmar tendrá varias decenas de miles de personas menos para contar.
Si la vida antes de Nargis era para los birmanos una especie de purgatorio al que se habían acostumbrado por la fuerza de lo cotidiano, desde hace una semana los sobrevivientes de esta tragedia no están muy lejos de estar viviendo un infierno muy real, muy terrenal, donde no hay fuego ni espacio para Satanás y sí ríos desbordados, cadáveres y un demonio de carne y hueso llamado Than Shwe, el jefe de la Junta Militar que se ha esmerado en entorpecer la ayuda humanitaria internacional con la truculenta intención, no sólo de controlar como esta se distribuye entre el aproximadamente millón y medio de damnificados, sino también de manipular la percepción de esas legiones de infelices respecto al origen de los suministros.
En medio de este drama de dantescas proporciones, la Junta Militar mantuvo su decisión de celebrar ayer un referéndum para aprobar una nueva constitución redactada en el marco de una farsa orquestada por los propios dirigentes de ese cuerpo, iniciativa que daría a estos la facultad de seguir interviniendo decisivamente en los asuntos políticos del país, aun cuando se constituyese un gobierno civil.
¿Qué tan democrático puede ser el resultado de este proceso en manos de una Junta cuyo recurso más efectivo es el terror y en medio de una destrucción como la que sufre ahora mismo Myanmar? Sin duda, el episodio parece sacado de una comedia de humor tan negro como retorcido.
En estos instantes, mientras esto se escribe -mientras esto se lee- al otro lado del mundo los birmanos sufren estoicamente el horror de su desgracia, sin saber que, a quienes los observamos desde la distancia, la imaginación no nos alcanza para compartir con ellos todo el dolor de su tragedia.

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