Como les dije en la columna anterior, cuando aceptamos ese sacrificio de Jesús en la cruz, y reconocemos que él derramó su sangre para darnos vida, es como si nos estuviéramos marcando con su preciosa sangre.
La sangre es un símbolo de vida. Es curioso que si un ser humano se desangra, morirá. Pero, si por el contrario, una persona con alguna condición que requiere una transfusión, recibe la sangre que necesita, se llena de vida nuevamente.
Lo grandioso del sacrificio de Jesús es que al derramar su sangre nos dio su vida a nosotros. Y esa sangre es compatible con la de todos. No importa del tipo que sea la nuestra.
Al estar marcados como hijos con esa sangre, la muerte ya no puede entrar en nosotros. No la muerte eterna, ni la muerte espiritual.
Porque, aunque ciertamente vamos a morir algún día, esa muerte ya no va a ser vista como algo malo. Si durante nuestra vida física vivimos para Cristo, el morir va a ser ganancia como dice la Palabra, porque Dios nos ha prometido vida eterna junto a Él en el Reino de los cielos.
Marcarnos con la sangre de Cristo evitará que la muerte entre en nosotros, como ocurrió en Egipto cuando Jehová habló a Moisés para que diera aviso a su pueblo, de que en cada casa fuera derramada la sangre de un cordero en los postes y dinteles. Esto para que no entrara el ángel de la muerte y no matara a los primogénitos del pueblo de Dios, como sí ocurrió con todos los del pueblo egipcio.
Esa fue una de las plagas contra Faraón por la dureza de su corazón y por no querer dejar que el pueblo de Dios fuera libre para servirle.
Éxodo 12:13 dice: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto”.
¿De qué lado o a qué pueblo perteneces tú? Sólo hay dos. Los que están con Cristo y los que están contra Él. No hay puntos medios.
Deseas que ni la enfermedad ni la muerte entren a tu casa o tu familia. Reconoce al Señor en todos tus caminos para que entonces te vaya bien.
Hay otras maneras en que una persona podría estar rechazando el sacrificio de sangre de Jesús, aún sin querer hacerlo adrede. Y es cuando esa persona entra en autocondenación y no acepta que Jesús también murió por ella, para perdón de sus pecados.
Las personas siguen rechazando a Jesús cuando insisten, “mi pecado es demasiado grande como para que yo vaya a una iglesia o Dios me perdone”. Esa es una mentira del diablo.
Si la misma Biblia dice que Jesús no vino al mundo para condenarlo, sino para traer su salvación. Pero para que ocurra la salvación de las personas, tiene que haber arrepentimiento.
Que reconfortante es esa Palabra en Hebreos 4:15-16 que nos deja saber que Jesús no nos está condenando. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
La sangre, símbolo de sacrificio en la Biblia, tiene un efecto de redención y restauración cuando se trata del sacrificio que hizo Jesús por nosotros hace más de 2,000 años, y lejos de significar muerte, es señal de vida eterna.
El quinto aniversario de la caída de Bagdad ante las tropas de ocupación estadounidenses fue un triste recordatorio del estado de situación del mundo, tras la mal llamada Guerra contra el Terrorismo.
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