La vez anterior comencé a hablarles del dominio propio, y qué difícil es poder ejercerlo en nuestras vidas, ¿verdad?
Si el Señor me está utilizando para hablar de esto, no es porque yo sea el modelo perfecto de dominio propio. Cada cual tiene una lucha constante para no dejar que sea la carne la que lo domine.
Así que si estamos aquí escribiéndoles en este blog de Buenas Nuevas, no es porque nos creamos más sabios que nadie, sino que hablamos con la autoridad de la Palabra de Dios.
En el blog anterior les comenté que tuve una semana particular en junio, cuyas experiencias Dios me llevó a compartirlas en un mensaje durante un retiro ayuno, al darme cuenta que lo que el Señor busca es que podamos servir de ayuda a otros en base a nuestras experiencias y la manera en que las superamos.
Resulta que un día a fines de mes, salí a realizar la inspección de mi auto para cumplir con la renovación del marbete y la licencia del auto. La primera prueba de ese día, era una que anticipaba, aunque suene raro.
No sé si lo hice para tratar de probar mi fe y a la vez mi paciencia, pero acudí como primera alternativa a una estación de servicio en Las Piedras, en la que, nunca he logrado que el caballero que atiende el área de inspección me dé el servicio. Por siete años lo he intentado y nunca lo he logrado.
Todos los años me dá la misma explicación. 'No tengo más turnos; Tengo como dos o tres personas apuntadas, que vienen más tarde, y me tengo que ir a las 3:00; ya no voy a dar más turnos'.
Definitivamente Dios quería probar mi dominio propio esa semana, porque de antemano yo sabía que esa iba a ser mi primera experiencia del día y cuál iba a ser el resultado, que por los pasados seis años se había repetido.
Como un ser de carne y hueso, el hecho de estar preparado para semejante respuesta del caballero no evitó que sintiera molestia, pero dentro de mí estaba la convicción de que, como hijos de Dios, tenemos que tener dominio propio y demostrar amor y misericordia a los demás.
No se trata de hipocresía. Por algo es que Jesús nos instó a amarnos unos a otros y que perdonemos aún a nuestros enemigos. Y es que, no importando lo que sintamos, tenemos que obedecer el mandato de Dios.
La siguiente prueba me llegó el mismo día, pues en la estación de inspección de autos en que eventualmente conseguí que verificaran mi auto, en Humacao, el empleado que me atendió pretendía otorgarme el certificado utilizando los datos de otro auto. Ni siquiera me pidió que entrara mi vehículo a la rampa de inspección, pero yo le exigí que lo hiciera como manda la ley.
Con tono amigable en todo momento, le comenté además que aunque le pareciera de locos lo que le pedí, se trataba de ser íntegro y que arriba hay un Dios que lo está mirando.
Su respuesta es que suele hacerlo así para aligerar el proceso de inspección de vehículos. Esa respuesta me dejó ver que quizás no tomó en serio mis palabras de consejo.
La verdadera prueba vino después, cuando salí del lugar, porque deseos no me faltaron de denunciar a las autoridades lo que ocurre en esa estación. Pero a la vez sentía la convicción de que si Dios me había permitido hacerle una exhortación de parte del Señor para que esa persona corrija su comportamiento, debía dejar entonces que fuera Dios mismo quien hiciera el resto, porque tarde o temprano quizás ese joven sienta convicción de pecado y enmiende su actitud.
Así que, en ese caso también tuve que tener dominio propio y no dejarme llevar por los impulsos. Creo que Dios lo que quería realmente era advertirle a ese muchacho de su mal comportamiento y el riesgo al que se exponía. ¿Que tal si yo hubiera sido un inspector de alguna de las agencias pertinentes? ¿Dónde quedaría su negocio?
En el próximo blog les hablaré entonces para qué nos sirve el dominio propio, desde el punto de vista espiritual y aún en lo natural.
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