Ha muerto un árbol. Se estima que tendría unos setenta años al momento de su fallecimiento. No deja descendencia.
¿Qué se puede decir sobre el difunto? Vivió en una esquina del barrio Miramar. Se rumorea que en su niñez fue juguetón. Poco a poco creció, hasta que las ramas que fueron pequeñas se convirtieron en brazos poderosos cubiertos de tul verde que rodeaban sin recato un tronco colosal. Así estuvo por muchos años, sin que nadie lo perturbase.
Un día, unos hombres con máquinas de hierro comenzaron a edificar alrededor del árbol. Construyeron un edificio majestuoso, con inmensas columnas y líneas modernas de insuperable imaginación artística. Colocaron una fuente de chorros magníficos, que bailotean cuando se oye música a todo volumen por las bocinas de último modelo que llenan el lugar con sonidos armoniosos.
El árbol quedó así en medio de los dos portentos arquitectónicos: la fuente y el edificio. Hay quien dice que, al mirar el paisaje recién creado, el árbol del tronco grueso y las ramas extendidas superaba por mucho en belleza a sus vecinos de cemento y varilla.
Algún tiempo después, el árbol comenzó a deteriorarse. Sus brazos numerosos se debilitaron. Su cabeza se inclinó en ademán moribundo. Sus raíces, tercas y empeñadas en sostener al gigante enfermo, por fin cedieron a la inevitable muerte.
No se sabe qué murió. Varios afirman que algo tuvieron que ver o la falta de cuidado al construir, o el pobre mantenimiento, o un liqueo en la fuente que debilitó las raíces. Otros más poéticos argumentan que el árbol se deprimió sin remedio al observar los cambios a su alrededor.
Nunca se conocerá la verdad. Lo único que se sabe con certeza es que, donde antes hubo un árbol, ahora no hay nada.
¡Que descanse en paz!