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Estilos de vida

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16 de noviembre de 2012
Mi bienestar
 

Dolorosa separación

Los conflictos de pareja no deben influenciar en las relaciones entre padres e hijos

 

Por Camile Roldán Soto / croldan@elnuevodia.com

 En el peor momento de la relación con su expareja, Darío solo podía ver a su hija de año y medio los sábados, de mediodía a 7:00 p.m. En total eran unas 28 horas al mes. Poco más de un día.

Este escenario representó un cambio dramático para el padre. Previo a la separación, él se encargaba del cuidado de su hija durante el día, mientras la madre trabajaba. Cuando la relación terminó, llegaron a un acuerdo para que asumiera responsabilidad por la menor varios días a la semana. Pero al percatarse de que el hombre había comenzado una nueva relación amorosa y su nueva novia pasaba tiempo con la niña, la mujer cambió de opinión.

“Ella lo comentaba abiertamente, que era por celos, hasta que demandé. Entonces pasó a decir que yo era una amenaza para la niña pues la dejaba con personas desconocidas”, narra Darío, quien intentó evitar el pleito legal.

Es una situación tan común como compleja la que enfrentó este padre. Se repite en diferentes contextos, con variados matices y representa un estresor enorme para todos los implicados: hijos, madre, padre e incluso el resto de la familia de ambas partes.

“Es bastante frecuente –sobre todo cuando la ruptura ha provocado un coraje que no se ha podido manejar, resolver o reconocer– la tendencia a utilizar a los niños como instrumentos para hacer daño a la otra parte, en este caso al padre”, afirma Rita Córdova, trabajadora social con 40 años de experiencia en la mediación de conflictos familiares.

A lo largo de los años, la profesional ha visto casos de todo tipo. En ocasiones, se trata de desprestigiar la figura paterna a través de comentarios indirectos o juegos de poder. Otras, el ataque es frontal.

Hay quienes les dicen a sus hijos frases tales como: “No aguantó la responsabilidad de tener una familia”, “Es un cobarde y por eso nos abandonó”, “Su vida personal es más importante”, afirma la sicóloga Ivelisse Morales en su libro Por nuestros hijos: guía para padres divorciados.

Por su parte, la abogada Pilar Pérez Rojas, especializada en casos de familia, afirma según su experiencia de más de 25 años, que a menudo cuando las parejas están juntas los roles se dividen y la madre es, usualmente, quien más ligada está a los asuntos de la crianza. Entonces, cuando llega el divorcio les cuesta ceder y delegar, especialmente si está herida porque la separación le tomó por sorpresa.

Sin embargo, afirma la abogada, en la más reciente década percibe un aumento notable en la cantidad de papás que rompen con el estereotipo.

“Hacen muchas cosas por sus hijos, sobre todo cuando la mujer tiene más carga laboral y trabaja mucho más que antes”, observa.

Aún así, sigue siendo cuesta arriba lograr acuerdos que satisfagan el deseo de estos padres por mantenerse involucrados y presente en la crianza. Y ver tronchada esta meta provoca en ellos mucho sufrimiento.

Doloroso aislamiento

“Creo que el sistema está ahí por algo, y la mayoría de los hombres en este país son irresponsables de muchas maneras”, comenta Darío.

Sin embargo, ¿qué hay de los que sí se hacen cargo de sus hijos? El panorama no es sencillo para ellos, según el testimonio de varios afectados y profesionales a cargo de atender estos casos.

Para Darío, la lucha con su expareja, que tras dos años todavía no ha cesado, resultó en muchísimo estrés y dolor.

“Me afectó mucho. Tuve un tiempo de muy poca tolerancia hacia el prójimo. Sentía que se estaba rompiendo un lazo que habíamos creado la niña y yo, una rutina de paseos y de vernos. Además, tenía un sentido de impotencia enorme”, relata el padre, quien tras invertir mucho dinero y tiempo logró un acuerdo más o menos razonable.

Manuel es padre de dos niños de edad escolar. Tras el divorcio, intentó establecer con quien fue su esposa durante más de una década un acuerdo de custodia sin necesidad de llegar al tribunal. Decidió demandar para obtener custodia compartida cuando la situación se volvió insostenible y había derramado ya demasiadas lágrimas.

“Ella le decía a los nenes que yo los había abandonado, que ahora tenía otra vida, a pesar de que todo el tiempo, antes y después de la separación he estado pendiente de mis hijos, de compartir con ellos y no les falte nada”, relata quien logró hace un año obtener solo un poco más de tiempo con las niños.

“El hombre sufre mucho. Lloran aquí, en mi oficina, mucho”, dice Córdova. “Hay unos que manifiestan que, en la circunstancia que sea, aunque sea de manera supervisada, quieren relacionarse con sus niños”, cuenta la trabajadora social.

Un daño irreversible

El divorcio es una experiencia dolorosa y difícil para cualquiera. Afirma Morales que los investigadores Wellestrein & Nelly describen el momento como un “periodo de capacidad disminuida” para los padres, por la diversidad de emociones difíciles que despierta, incluso para personas emocionalmente estables.

En el caso de la mujer que opta por obstaculizar la relación entre padres e hijos, la frustración por no haber logrado una meta o expectativa -en este caso la de una familia con madre y padre unidos-, es una emoción común.

A menudo, esta noción se alimenta de construcciones sociales y creencias culturales enfocadas en que para ser una mujer exitosa o estar completa en la vida es necesario tener una familia y criar los hijos con la pareja, explica Córdova.

Para superar ese golpe y no caer en esquemas nocivos la mujer tiene que tener, ante todo, mucha madurez. Es importante la imagen que tenga de sí misma y su construcción respecto a lo femenino, lo que significa ser mujer.

Cuando la madre es incapaz de reestructurar sus esquemas, aumenta su sufrimiento y el de quienes la rodean. A la larga, son sus hijos quienes terminan afectándose más.

“No se reconoce que destruyendo la imagen paterna está también destruyendo un proceso afectivo hacia una figura importante en la vida del niño, que en un momento dado fue la seleccionada para estar ahí”, afirma Córdova.

Morales, por su parte, establece que hay que ponerse en el lugar de los chicos. Y para ellos, la ausencia de uno de los padres “implica una pérdida y una ruptura”.

“Es en esta etapa en la cual usted debe tomar la decisión de poner el bienestar emocional de sus hijos como meta y prioridad”, indica Morales.

Meta: la paz de los niños

La relación entre divorciados nunca será perfecta, como tampoco lo es la de los casados. Sin embargo, ambos deben aspirar a convertirse en socios para apoyarse en la labor de criar.

Esta es una responsabilidad que requiere mucha voluntad y un deseo genuino de buscar el bienestar de los niños en lugar de canalizar a través de ellos frustraciones y corajes.

Hay que entender que los niños aprenden a través del modelaje. Así es que cuando los padres están en control y mantienen una actitud positiva para asumir los cambios, sus hijos con toda probabilidad les imitarán.

Los padres deben dialogar, solos o con la ayuda de intermediarios, para determinar qué arreglo se acerca más al ideal de ambos.

“Tienen que preguntarse qué es lo quieren para sus hijos y hacer lo posible por respetarse y mantener una relación cordial”, apunta Pérez.

Cuando las circunstancias impiden la comunicación entre las partes, la intervención de un mediador y las sesiones de terapia familiar pueden ser herramientas muy útiles. Cada una de las partes también es responsable de procurarse la ayuda que necesite para lidiar con las heridas de la separación.

Opina Córdova que lo ideal es que el padre pueda participar de la vida del niño, estar presente en actividades deportivas, graduaciones, reuniones para discutir el progreso académico o visitas importantes al médico, por mencionar solo algunas instancias.

“Las fronteras tienen que estar claras porque el padre tampoco puede venir a boicotear lo que mamá está haciendo o proponiendo. Debe venir a apoyar y a aportar en proceso de los hijos”, apunta la experta.

El Estado y los profesionales del Derecho también tienen mucho que aportar al bien de estas familias, sobre todo, si se toma en cuenta que en Puerto Rico más de la mitad de los matrimonios se rompen.

“Si pudiéramos tener un sistema de justicia terapéutica, con procesos de negociación y mediación, con abogados facilitadores y jueces que promuevan que las partes se sienten a conversar, estoy segura que tendríamos menos problemas de este tipo”, apunta Córdova.

Para Darío, una de las claves está en la educación emocional que prepare a la gente para enfrentar situaciones difíciles como la separación. Le parece que, además, los padres deben ser obligados de alguna manera a formar parte del proceso de crianza.

“Y en los casos en los que no haya que obligarlos y salga de sí mismos hacerlo; alentarlo en vez de troncharlo”, plantea.

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