|
Editorial de El Nuevo Día |
El colapso periódico del sistema de acondicionador de aire en áreas ultrasensitivas, como las salas de operaciones del Centro Médico de Río Piedras, demanda del gobierno la puesta en vigor de un plan de reparación y modernización urgente de dicho sistema, que elimine los riesgos constantes para pacientes, empleados y visitantes de nuestro principal complejo hospitalario.
Un plan que rompa con la visible pasividad con la que el director del Centro Médico de Puerto Rico y la Administración de Servicios de Salud (ASEM), el doctor Ernesto Torres, despachó el alarmante riesgo a la salud que representa un problema que puede tener desenlaces trágicos en el más grande complejo hospitalario del País.
Desde septiembre del año pasado, el doctor Torres sabe del estado de colapso en que se halla el sistema de acondicionador de aire del Centro Médico, en ocasión de que las salas de operaciones del centro y de las máquinas de radioterapia del Hospital Oncológico alertaron a la gerencia de la institución sobre la necesidad de una política de mantenimiento preventivo que era de rigor iniciar cuanto antes. Entonces -y vale hacer el breve pero increíble recuento- el doctor Torres reveló que como resultado del colapso del sistema hubo que reducir a menos de la mitad el número de salas de operaciones disponibles, “para que los encargados de la institución reconocieran que se trataba de un problema viejo”. Pero ¿no es él parte de los “encargados de la institución”?
Ahora, nueve meses y medio más tarde, y en medio de una de las épocas de mayor calor en toda la Isla, vuelve a sucumbir el sistema dejando importantes áreas del centro sin acondicionador de aire y expuestos a sus pacientes y personal, así como los alimentos que allí se sirven, al riesgo de contagio de bacterias. Igualmente, a la sofocación de empleados, incluidos médicos, enfermeros y asistentes en las numerosas clínicas que ofrecen servicios.
Como en septiembre pasado, el doctor Torres ofrece su excusa: que el problema es que el sistema no cuenta con la capacidad para brindar servicio a todos los edificios del complejo médico, que se requiere una presión de 1,500 toneladas y solo hay abasto para 900 toneladas.
Pero ¿qué se hizo desde septiembre a esta parte cuando se dio cuenta del colapso del sistema? Evidentemente nada. Ahora dice que se va a hacer algo: pero la solución no ocurrirá sino -y si acaso, desde luego- dentro de unas doce semanas, justamente un año después de la alerta.
Con un agravante, las doce semanas comenzarían a contar “una vez que se firme el contrato” con la empresa que resolvería el problema. ¿Cuándo? El doctor Torres ha dicho que espera que sea “lo más pronto posible”. A tenor con lo ocurrido desde septiembre pasado, no parece que debamos iniciar el aplauso por la pronta solución del problema.
A la negligencia e insensibilidad observadas durante el colapso anterior tiene que atribuirse el problema que se repite hoy: entonces, en lugar de corregir de raíz el problema, se decidió alquilar por unos días una unidad enfriadora en lo que se hacían unas reparaciones evidentemente insignificantes al sistema.
Es necesario que desde una autoridad superior -acaso desde la propia casa de gobierno o desde el Departamento de Salud- se ponga orden en el Centro Médico y se obligue a una reparación inmediata del grave problema. Ciertamente es asunto de vida o muerte.