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Editorial de El Nuevo Día |
Las expresiones de corte claramente racistas contra el presidente de Estados Unidos y su esposa hechas por la asesora de la presidenta de la Cámara, Heidi Wys, a través de una red social son intolerables y sus consecuencias no pueden quedarse en un mera reprimenda y unas disculpas genéricas que nada comprometen a quien las pide.
Resulta inconcebible que a estas alturas del siglo XXI tengamos que solicitar que se erradique toda forma de racismo de nuestras actitudes y acciones, así como de nuestros discursos. Que se destierre todo tipo de expresión antisemita, o discriminatoria contra homosexuales, contra personas obesas; o por género, o por otras razones.
Aunque no debería ser necesario recalcar que ser negro no es un mal del cual alguien tenga que avergonzarse, sí resulta pertinente reafirmar que el racismo sí lo es. La negritud es uno de los ricos valores culturales que enriquecen a nuestra sociedad puertorriqueña y otras latitudes. El racismo es, por el contrario, un vicio, un extravío social, heredado históricamente del que ya deberíamos habernos liberado.
Sin embargo, he ahí que, en poquísimo tiempo, dos asesoras de la presidenta de la Cámara de Representantes, Jenniffer González, han publicado comentarios racistas en las redes sociales y ambas han despachado las acusaciones de un modo superficialmente preocupante. Nos referimos a Zaida “Cucusa” Hernández y, ahora, a Heidi Wys.
La primera publicó en su cuenta de Twitter una foto en la que se comparaba al candidato por el PPD a comisionado residente, Rafael Cox Alomar, con el fenecido chimpancé Yuyo. La segunda publicó un mensaje racista en reacción a la celebración del cumpleaños de la primera dama, Michelle Obama. Conviene citarlo para que nos siga indignando colectivamente: “¿A quién le importa? ¡Llévala a Burger King, cómprale un ‘sundae’ con doble banana. ¡Llévala a tu país de origen, Kenia!”.
Wys ofreció un simulacro de disculpa lamentando que los mensajes hechos sobre el matrimonio Obama “se entendieran racistas”. No es que se entendieran racistas, sino que son racistas. Dice, además, que su intención fue atacar a Obama el político, no a la persona. Sin embargo el suyo es un ejemplo de cómo alguien ataca a la persona y no a las posturas ideológicas de su adversario político; y ejemplo también de cómo pueden ser utilizadas las redes sociales para fomentar los extremismos y el odio, algo mucho más peligroso cuando se usa en el contexto de un proceso electoral ya matizado por las irracionales divisiones y los ataques bajunos.
Pero añade Wys a su “defensa” que los mensajes fueron realizados en su carácter personal. Nosotros decimos: ¿de cuándo acá la ética y el respeto al otro se agota en las cuatro paredes en que se desarrolla un trabajo?
Eso sería tanto como establecer que cualquier impropiedad o incluso cualquier delito no es vinculante con una sanción, siempre que sea un acto voluntario de carácter individual. Wys ofrece, finalmente, sus excusas “a quien se sintió ofendido”. Pues para su conocimiento: el país entero se ha sentido ofendido.
Wys tiene razón al querer desvincular a la presidenta de la Cámara, pues cada uno es dueño de sus actos. Pero no es menos cierto que todo lo que hace o dice un subalterno afecta a su superior inmediato. Y, por tanto, exige en la línea básica de la responsabilidad, no solo el repudio implacable e inmediato, sino la acción que exprese que ese repudio es veraz.
Los funcionarios públicos deben mostrar probidad y conducta intachables 24/7 porque, al fin y al cabo, sus más que jugosos salarios y emolumentos salen de los bolsillos de los ciudadanos.
Y el tamaño del error exige todavía un gesto de desagravio contundente, tanto de Wys como de sus superiores inmediatos. Es lo mínimo que podemos esperar.